Tras las huellas de un seductor (1)

Doktor Pseudonimus EL ZAGUÁN DEL SÁBADO

OPINIÓN

El profesor Xosé Antón Fraga acaba de sacar a la luz un nuevo libro: Xenio Indomable: Roberto Nóvoa Santos. Desde la primera hasta la última página el genio lo pone D. Roberto. Un personaje del que, en el prólogo, Manuel Rivas dice que no solo fue capaz de vivir su propio tiempo, sino también de introducir un tiempo nuevo. Una figura demasiado original para el ambiente y la ciudad en la que le tocó iniciar su vida pública. En 1912 gana la cátedra de Patología General en la Facultad de Medicina de Santiago de Compostela. En los primeros años veinte del siglo pasado Santiago era una ciudad sin pulso. En pocos años, había pasado de ser la primera urbe de Galicia a ocupar la cuarta posición. Las grandes familias conservan blasones y apellidos, pero han perdido poder e identidad. Quien manda de verdad es D. Eugenio Montero Ríos. Y algún lector quizás se extrañará de que, en una ciudad en la que tanto peso tiene la iglesia, la gente vote mayoritariamente a quien se declara liberal y anticlerical. El propio Cuco de Lourizán lo explica en una carta que no tiene desperdicio. De sus votantes dice que son «carlistas por dentro y monteristas por fuera». Dice también que con eso le basta.

En Galicia es la hora de las ciudades con puerto de mar y… sin obispado. A Coruña, Vigo, Ferrol. Ahora verán porqué lo digo. En 1920 Santiago es una ciudad con un ambiente eclesiástico casi asfixiante. Nóvoa ya es famoso porque en 1916 había publicado el Manual de Patología General, un libro sobre el que volveremos. En 1920 la Universidad le encarga pronunciar el discurso inaugural del curso académico. Nóvoa lo titula, El Problema del Mundo Interior y lo lee en un acto solemne. Aún no han transcurrido veinticuatro horas, cuando el arzobispo D. José María Martín de Herrera contesta con una andanada en la que, entre otras cosas, podía leerse lo siguiente: «cumpliendo el primero de nuestros deberes episcopales, prohibimos la lectura, retención y difusión de dicho discurso y mandamos a nuestros amadísimos diocesanos, a cuyas manos haya llegado, que lo entreguen al párroco o al confesor, quienes, a su vez, nos lo entregarán para destruirlo». Pero el astro de D. Roberto Nóvoa Santos brilla con todo su esplendor. Los estudiantes interrumpen sus clases con aplausos. Le organizan un banquete-homenaje en el Hotel La Perla. El Manual de Patología General es texto obligado en muchas otras universidades. Su inteligencia y su imaginación hacen que, una y otra vez, se escape de la jaula del positivismo que dice profesar. Siendo estudiante se atrevió a escribir que la cromatina que se encuentra en el núcleo de la célula es «el manantial de donde sale la voluntad, la razón y la conciencia». En mayo de 1916 sucede algo bien curioso. El Círculo Mercantil de Vigo tiene anunciada una conferencia de Nóvoa Santos. El título se las trae: Longevidad, muerte e inmortalidad. Desde Santiago a Vigo, Nóvoa hace el viaje en ferrocarril acompañado de sus colegas, Alejandro Rodríguez Cadarso, Gumersindo Sánchez Guisande y el doctor Devesa. Nóvoa inicia la conferencia definiendo la muerte como un fenómeno natural. El agotamiento de lo que él llama «la energía intrínseca del ser humano. No hay por qué esperar premios o castigos». Pero, al final, el ego de D. Roberto se revela contra tan simple determinismo y exclama: «¡Queda un enigma, amigos! ¿Qué será de nuestros recuerdos, de nuestro tesoro espiritual acumulado? ¿Cuál es el destino de todo ese sistema de fuerzas sutiles que constituye el contenido de la conciencia y flotan por ventura como espectros sutilísimos en la fronda y en el cielo limpio y entre nosotros como una luz que nunca se apaga?». El ego y la inteligencia de D. Roberto se niegan a desaparecer para siempre.

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