Cada vez quedan menos hipócritas y, para mi espanto, los echo de menos. Ya sé que toda hipocresía supone un fingimiento, un querer aparentar virtudes que no se poseen y a las que, a menudo, ni siquiera se aspira, pero que gozan de mucha estima en la vida social: la sinceridad o la franqueza, el espíritu de servicio y de ayuda a los demás, la lealtad y tantas otras. No se me escapa, por tanto, la feúra del comportamiento hipócrita, pero lo prefiero a la rebosante desfachatez de ahora, a ese insolente y descarado ir cada uno a lo suyo, sin más límites morales que la propia conveniencia, incluso a costa del decoro al que obliga nuestra posición en la sociedad: como padre o como madre, como profesor o como médico, como cura o como presidente del Gobierno.
Prefiero la hipocresía por dos razones: el hipócrita todavía reconoce el valor de la virtud y, en el fondo, la honra con su fingimiento. Y también porque, incluso si la desprecia, se siente obligado a aparentarla, porque la sociedad sí la estima. Es decir, el hipócrita solo tiene sentido en una comunidad virtuosa, que distingue perfectamente el bien del mal y prefiere el bien. La inflación de descarados me hace suponer que la virtud cotiza a la baja y que el éxito circula como único valor alcista, si es necesario, a costa de la buena fama. La reputación que cuenta se mide en euros o en dólares y en presencias en los photocalls de los grandes acontecimientos.
El hipócrita, como aún distingue la virtud, puede llegar a corregirse un día. Sin embargo, la desfachatez, hija predilecta del cinismo, tiene mal arreglo: tanto llamar bien al mal y mal al bien anula cualquier sensibilidad para reconocerlos.
@pacosanchez