El bloque de Sánchez no es la izquierda


Más allá de las falsas promesas, la demagogia, la exageración y el anacrónico ritual de unos mítines en los que los asistentes son ya meros figurantes de un espectáculo que no se dirige a ellos, sino a los medios de comunicación, cada campaña electoral parte de un marco en cuya fijación tienen tanta responsabilidad los políticos como los analistas que dibujan el tablero en el que se va jugar la partida. A dos meses de que se celebren los comicios generales, la reflexión más simplista es la de presentar esta campaña como un enfrentamiento entre dos bloques con el eje tradicional de izquierda y derecha.

Ese análisis, sin embargo, implica, a la luz del consenso de los sondeos previos y de lo que hemos vivido en la última legislatura, una falsedad argumental muy clara. Quizá por primera vez en 40 años de democracia, la elección no es simplemente entre un Gobierno de izquierdas o uno de derechas. Y ello es así porque, si bien un bloque está definido por los tres partidos que ya han ensayado la fórmula en Andalucía, PP, Ciudadanos y Vox, que van desde el centro a la extrema derecha, y que según los sondeos rozarían la mayoría absoluta con la idea común de la defensa de la unidad de España, el otro frente que según las encuestas estaría cerca de la mayoría absoluta dista mucho de ser un bloque de izquierdas, ni siquiera englobando ahí el populismo de Podemos y admitiendo que Sánchez es el socialdemócrata centrista y moderado que nos vende ahora, que ya es mucho admitir. El PSOE y un Podemos en barrena demoscópica no sumarían solos en ningún caso.

El bloque alternativo a lo que llaman las tres derechas no es por tanto un grupo de izquierda, sino una amalgama de fuerzas que repetirían la mayoría de la moción de censura, perfectamente legítima, eso sí, en la que se integrarían el PSOE, Podemos y sus confluencias, pero también inevitablemente el independentismo catalán y el soberanismo vasco, en sus versiones de derechas (PNV y PDeCAT) y de izquierda (ERC y Bildu), cuya prioridad no es el interés de España, sino la autodeterminación. La argamasa de ese equipo de fortuna no es el discurso de izquierda, moderada o radical, sino el objetivo de acabar con el actual marco constitucional.

Desde ese punto de vista, y al margen de cuál sea el resultado final de las elecciones, Pedro Sánchez comete un grave error al presentar estos comicios como un enfrentamiento entre dos bloques, uno de ellos liderado por él. Un error no solo coyuntural, sino histórico, porque supone situar al PSOE, que fue esencial en la construcción de la España constitucional, a la cabeza de un frente que incluye a golpistas y cuyo objetivo es precisamente acabar con lo que llaman el régimen del 78. Tanto si termina gobernando en coalición con los enemigos de España o gracias a sus votos -lo que implicaría aceptar buena parte de las exigencias que le obligaron a llamar a las urnas-, como si queda varado en la oposición con semejantes compañeros de viaje, el daño que habrá causado al PSOE por su interés personal tardará mucho en superarse.

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