El filón catalán se agota


Tengo la impresión de que el filón catalán, la explotación donde las tres derechas trabajan a destajo para arrancar los votos que las aúpen al Gobierno, se está agotando. Las últimas vetas de mineral las aprovechará la ultraderecha, que para algo está personada en el juicio del procés: ¿se imaginan al abogado de Vox, tal vez su secretario general, interrogando al testigo Mariano Rajoy, a quien ya acusó de malgastar el 155 y precipitar unas elecciones que dieron el triunfo al independentismo? Pues esa imagen está prevista.

Los síntomas de agotamiento parecen claros. La manifestación de Colón, un grave error de cálculo de la derecha más templada, no se tradujo en la respuesta oceánica a la «alta traición» cometida por Sánchez. Triunfó Vox por goleada y Ciudadanos salió en la foto que nunca quiso y que los socialistas exhibirán en sus mítines. El viaje de Casado a lomos de la crispación, espoleada por una ristra de insultos al presidente -felón, traidor, golpista, okupa, ilegítimo...-, tampoco le aporta dividendos al PP: en Génova ya reconocen que fue una equivocación y Rivera se desmarca con un «no quiero echar a Pedro Sánchez insultándolo».

Pero el indicio más evidente de que el filón se agota lo constituye un sondeo de GAD3 para el diario La Vanguardia. Más del 52 % de los españoles elige la vía del diálogo entre gobiernos para resolver la crisis catalana y solo el 34 % opta por la aplicación del 155. Hace tres meses, según la misma fuente, más de la mitad de los encuestados apoyaba la mano dura que preconizaba la derecha tricéfala.

¿A qué se debe ese cambio en la percepción que los españoles tienen de Cataluña? Barajo dos hipótesis, no necesariamente excluyentes. En primer lugar, hay millones de españoles -los que alguna vez votaron a la izquierda, la mayoría de los que alguna vez apoyaron al PP- que nunca se creerán que el PSOE vaya a convertir la unidad de España en moneda de cambio. Puedes convencerlos de que el Gobierno ha elegido una senda equivocada o de que la vía del diálogo conduce a ninguna parte, pero acusar al presidente de felonía, traición al Estado o de vender a España no resulta creíble a la mayoría. Y en cuanto a la minoría que sí te cree, la acusación funciona como un bumerán: si la patria está en peligro, Santiago (Abascal) y cierra España.

Segunda hipótesis explicativa: el hartazgo y fatiga de la gente. Cataluña constituye sin duda un problema irresoluble y de enorme trascendencia. Pero no es el asunto único que desvela a los ciudadanos, a quienes también les preocupan otras pequeñeces: su trabajo o la falta de trabajo, el pan de sus hijos y el sistema de salud, el colegio del nieto o el cuidado del abuelo. Por eso aventuro que Cataluña seguirá omnipresente en la campaña electoral, pero ya no en régimen de monopolio. Casado parece atisbarlo cuando promete, además de salvar la patria, una «revolución fiscal» (para ricos). Rivera, «cansado de que hablen de Franco y del aborto», todavía no: aun no percibe que el pueblo empieza a cansarse de que solo se hable de Cataluña.

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