Según datos del Instituto Nacional de Estadística, publicados por La Voz, en lo que va de década en Galicia se ha pasado de 1.561 lugares deshabitados a tener ahora 2.028. En total, 467 aldeas que contaron con residentes, ahora ya no los tienen. Adicionalmente, de las 31.111 entidades de población que identifica el padrón, 10.415 de ellas tienen diez o menos vecinos. Nada nuevo bajo la lluvia.

No es mi intención terciar en el debate de la despoblación en el medio rural, ni entrar a valorar el efecto de las supuestas medidas para combatirla. Es obvio que este proceso supone la pérdida de una parte de nuestra cultura, de los usos tradicionales y del patrimonio arquitectónico de la Galicia rural; mi intención es llamar la atención sobre la desaparición de buena parte de nuestros caminos tradicionales que, antaño, unían esos núcleos hoy abandonados.

Una corredoira es «un camino de carro, estrecho y profundo, que discurre entre cercados, muros u otras elevaciones del terreno». Como camino rural para servicio de las labores de campo y montaña, atraviesa sotos, fragas y robledales que le dan sombra, y pone en comunicación unas aldeas con otras. Algunas son majestuosas, como las de As Nogais o Pedrafita; otras, como la extraordinaria que une O Incio con O Courel, muestran las marcas de las rodadas de los antiguos carros. Son la memoria de un mundo rural cada vez más alejado.

La ley del patrimonio cultural de Galicia define las categorías en que se integran los bienes inmuebles declarados de interés cultural. Entre ellos están las Vías Culturales, definidas como «la vía o camino de características originales reconocibles que forma parte, o que la formó en el pasado, de la estructura tradicional del territorio, con un relevante interés histórico, arquitectónico, arqueológico, etnológico o antropológico».

No sé cuántas vías se han protegido en Galicia desde la publicación de la ley en el año 2016, pero sí conozco muchos caminos tradicionales que se han destruido o permanecen totalmente abandonados. Es verdad que con el elevado número de aldeas los caminos son incontables, pero aquellos que unían comarcas próximas, los caminos costeros o aquellos que unen bienes patrimoniales de la Iglesia, monasterios por ejemplo, merecen más atención.

He recordado muchos de esos caminos al leer el magnífico libro de Robert Macfarlane, Dan Richards y Stanley Donwood, publicado por Factoría K, recorriendo las sendas de Dorset, en la costa sur de Inglaterra. El pequeño libro, espléndidamente traducido al gallego por Xesús Fraga, y publicado bajo el título Corredoira, es, además de un libro de viajes, una reivindicación de los viejos «camiños ocos» (Holloways).

Conocía otras obras de Robert Macfarlane y me gusta; sin embargo, hubiera preferido que este libro naciera en torno a alguna de nuestras corredoiras, con historias de ferias, de fiestas o de entierros. Es verdad que el trabajo de Xesús Fraga hace que sintamos las corredoiras de Dorset como nuestras pero, hasta donde yo conozco, todavía existe una deuda literaria con nuestros viejos caminos.

«Hoxe son poucas as corredoiras ás que se lles dá uso […]. Existen, mais dun xeito críptico […]. Nas beiras, entre as raíces das árbores que cobregan ‘‘grotescas e bravías’’, medran as sombrizas: cerviñas, agulleiras, hedras e o ‘‘acónito invernal, amante da sombra’’», dice el texto. El placer de leerlo solo puede ser superado por el de recorrerlas.

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Corredoiras