Las «fake news» del proceso catalán


Es muy interesante escuchar las declaraciones de los independentistas procesados. De sus palabras se puede obtener un cuerpo de doctrina que ayude a entender sin apasionamientos previos qué pasa por sus cabezas para plantear algo tan serio como la partición de un Estado.

Su punto de partida es que la sociedad catalana quiere y tiene derecho a la autodeterminación. Para ello se sirven de fundamentos erróneos o manipulados. Por ejemplo, que es una opción natural de los pueblos. Recogen criterios antiguos de la ONU que ellos presentan como vigentes o alegan que la autodeterminación no está expresamente prohibida por la Constitución. A partir de ahí la propugnan como un derecho básico, bajo la idea de que votar es la única forma democrática de resolver el conflicto. Quien delinque es quien impide la votación.

La cuestión de la legalidad de sus actos la resuelven como si Cataluña ya fuese una república. En la disyuntiva de someterse a la legalidad del Estado o a sus instituciones autonómicas, entienden el Parlament como sede de la soberanía. Y, dado que las leyes emanadas de esa Cámara pueden ser suspendidas por el Constitucional, entienden a ese tribunal como falto de legitimidad porque está manejado por el Gobierno. Como el argumento es endeble y no son quienes para decidir la legitimidad del TC, acuden al argumento siguiente: el pueblo es quien manda. Y de ahí la teoría de Torra, que sostiene que la democracia está por encima de las leyes. Tuvo que ser el propio rey quien lo aclaró: «Sin democracia, el derecho no sería legítimo; pero sin derecho, la democracia no sería real ni efectiva».

Esa es la teoría jurídica y política que está emergiendo en el juicio y en función de ella se ha desarrollado el procés. Todo es falso o insostenible, pero es la base del gran encontronazo entre el Estado y una de sus autonomías. A partir de esos principios, el independentista entiende que puede hacer todo: convocar referendos, poner la autodeterminación como condición para aprobar unos Presupuestos, agitar a las masas, convocar huelgas o acusar al Estado de dictatorial, lo cual legitima la protesta y algún día legitimará la insumisión. Lo malo es que esas ideas han calado en la sociedad porque fueron sembradas en la educación y porque contienen una dosis de victimismo siempre rentable.

Conclusión: el independentismo es un conjunto de fake news bien distribuidas y con un márketing perverso, pero inteligente y de buena venta entre un público predispuesto a su compra. En el fondo, a los Torra y a los Puigdemont les importa poco la sentencia. Si fuese absolutoria, les permitirá seguir con el relato. Si fuese condenatoria, les permitirá seguir con la fake de la represión.

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