Si Cánovas o Castelar levantaran la cabeza, volverían espantados al lugar donde reposan ante la liviandad de los discursos, de las intervenciones de patio de vecindad, que se perpetran en el Parlamento español últimamente y que incrementarían el pesimismo militante de Schopenhauer, que tendría que añadir un epilogo a su texto del Arte de insultar.
El falabaratismo se adueñó de las intervenciones parlamentarias, al fin y al cabo etimológicamente la palabra tiene su origen en el termino del francés parler, y hablar es una voz elástica en la que cabe todo.
Pero escuchando los planteamientos y las réplicas de los portavoces y responsables políticos en las sesiones de las Cortes, provocan cuando menos el sonrojo.
En ocasiones, las más, son meros chascarrillos, improperios cercanos a un lenguaje tabernario con el «y tu más» como único soporte dialéctico.
Casado, Rivera, Sánchez o Iglesias nos remiten a una nostalgia oratoria cabal de los Sagasta, Castelar o Cánovas, que nos hace volver, nos obliga a rememorar piezas como la velada de Benicarló con un Azaña ejemplar y moderadamente encendido.
Estamos mas cerca de los textos vacíos descritos por Orwell hace sesenta años cuando escribió sus tratados políticos, que de Cicerón denuncia a Catilina en su alegoría de la lucha contra el populismo y a favor de la democracia.
Embaucadores, charlatanes, picos de oro, animadores de controversias menores y muchas veces falaces exaltan la vieja sentencia gallega que sostiene que «o falar non ten cancelas», no tiene limites, aunque lo que contengan sus tesis resulte vacuo o, lo que es peor, encierre una mentira, por muy piadosa o venial que parezca.
Solo falta que se hable en lenguaje Twitter y se expresen sus señorías en ciento cuarenta caracteres, o se imponga el lenguaje inclusivo en el Parlamento, capaz de apagar la luz que ilumina los taquígrafos.
La bajada de nivel es alarmante, como se evidenció en los controles al Gobierno en estas vísperas electorales que llenan de titulares las noticias.
Alfonso Guerra era, por lo menos, ingenioso y ponía guantes de seda a los venablos que lanzaba contra la oposición conservadora, pero el humor dejó paso a la crispación, que es ahora la bandera dialéctica de este parlamentarismo «fané y descangallado», como en una estrofa de un tango de Gardel.
Hay, maestro Bergman, mas gritos que susurros en la película de nuestro parlamentarismo dialogado. Puedo imaginar cómo redactaría hoy el genial Julio Camba sus crónicas parlamentarias, salpicando de expresiones de coloquialismo soez la foto fija de un debate.
El Parlamento británico, que después del Aeropago o la Bule de los griegos, tiene el copyright de esta manera de debatir la política, es en ocasiones agrio, desaforado, combativo, gritón, pero siempre versallesco, sin renunciar jamás a un mínimo nivel autoexigido; pero nosotros no tenemos remedio, y así nos va. Si Cánovas o Castelar levantaran la cabeza…