Yo también conocí a Antonio Machado, a quien fui formalmente presentado por Rubén Darío y Santiago Fernández cuando el primero llevaba ya muchos años en el Parnaso -adonde había ido a parar prematuramente a causa de lo que los libros de texto llamaban «vida desarreglada»-, y el segundo era un jovencísimo profesor de enseñanza primaria al que ya había picado el alacrán de la literatura. Yo, en cambio, tenía doce años. De la muerte de Machado en el tristísimo abandono de Colliure, invernal, junto a su madre anciana que lo siguió tres días más tarde, estarán leyendo ustedes muchas cosas estos días. Y aunque desdeño las modas y sigo escuchando a Billie Holliday, no puedo evitar que se me vengan a la memoria los limoneros y las cigüeñas, los álamos y, en fin, la Laguna Negra que guarda el cuerpo de Alvargonzález. Cosas tan lejanas para un poeta coruñés de doce años. Aquel que a orillas del Duero componía versos sobre los árboles desnudos mientras una mujer niña lo esperaba para merendar -que de vivir en nuestros días hubiera ingresado en la cárcel, cómo Lewis Carroll- salió al exilio en enero de 1939 y moriría unos días después. En 1941, con una cobardía y un rencor difícilmente superables, fue expulsado del cuerpo de catedráticos de instituto, y así se mantuvo durante los cuarenta años del régimen del general Franco Bahamonde. El mismo que hoy resiste en el famoso mausoleo de Cuelgamuros. Y yo, como Rubén y Santiago, ruego por Antonio a mis dioses, ellos le salven siempre. Amén.