Si algo caracterizaba a esta convocatoria electoral era una enorme incertidumbre que, a la postre, se desveló más incredulidad que incertidumbre. Y ello porque, a pesar de la expresión generalizada de la duda, las encuestas dibujaron con bastante aproximación las tendencias que reflejaron los resultados.
Contrariamente a lo que venía ocurriendo en los últimos tiempos, la competición se desarrolló en un escenario electoral que aún conservaba algunos retazos de centrifuguidad en el eje de la derecha, pero con una fuerte tendencia centrípeta, eso sí, renovada por la dispersión del voto y la fragmentación que todavía parecían dar cabida a nuevos realineamientos de los votantes y a la previsible aparición de nuevos partidos en el sistema. Lo más importante es que estos movimientos se estaban produciendo en el eje derecho del sistema, habituado a la estabilidad, y en el que las primeras manifestaciones, en Andalucía, habían resultado rentables al tradicional ocupante de esta parte del eje, el PP.
La ilusión de las andaluzas había hecho creer al PP, el partido que había usufructuado la unidad de las derechas, que la dispersión de las mismas podía serle igualmente beneficiosa; y que su ubicación en el centro de la derecha podría permitirle capitalizar su posición. Sólo al final del proceso comenzaron a darse cuenta del diferente funcionamiento de la fórmula d’Hondt en referencia a la magnitud de las circunscripciones y de los problemas que suponía descentrar el relato, haciéndolo excéntrico a la posición de sus propios votantes, para seguir a los que se le escapaban por la derecha y quedarse, al final, encerrado entre dos jugadores.
La responsabilidad de Casado está en crear el relato duro de la derecha, una versión del aznarismo, que una vez que se manifiesta como un relato alternativo al tradicional del PP requería un nuevo sujeto.
Cierto que podemos decir que Rajoy ya había permitido que le naciera un sujeto por el centro, pero es verdad que este venía disfrazado de socialdemócrata, y parecía más un cómplice que un competidor para el PP. Casado, sin embargo, le abrió el espacio de centro derecha a Ciudadanos y generó las condiciones para que el relato de Vox fuese asumible por sus propios votantes.
En fin, si alguien creyó alguna vez en la rentabilidad del conflicto catalán para el PP, debe volver a pensar las diferencias entre táctica y estrategia.
Sin embargo, los 24 diputados obtenidos por Vox no son suficientes para explicar la pérdida de la mitad de los escaños que el PP tenía en el Congreso, ni el quedarse a más de doce puntos de diferencia en porcentaje de voto del primer partido, el PSOE.
Lo cierto es que el Partido Socialista, y este es el mérito de Pedro Sánchez, supo volver su mirada hacia el votante moderado, y no ceder a la tentación de correr detrás del que se le escapaba a Podemos. En realidad, podríamos decir que Pedro le ganó a Susana mirando a la izquierda para convencer a la militancia del PSOE, y luego miró al centro para convencer a los ciudadanos. Y es que a diferencia de Casado, Sánchez supo ver el momento en que la competición se hacía centrípeta, y que cuando eso ocurre son los ciudadanos los que vuelven al centro.
Y un líder no debe nunca perder de vista a los ciudadanos.