Una vez al año, en el pueblo del Rocío se desarrolla el siguiente espectáculo: una muchedumbre venida de otros lugares en caballos y carromatos, cantando y bebiendo y comiendo y bailando -y dejando en el parque nacional de Doñana los restos de tan intensa actividad física, caballos muertos incluidos-, se congrega la noche del lunes de Pentecostés en torno a la ermita de la Blanca Paloma, una figura de la virgen a la que allí se reza. Los centenares de miles de personas, que el resto del año no van a misa, desarrollan un gran fervor que no se puede explicar, porque hay que vivirlo. Los mozos del pueblo se amontonan, dentro de la iglesia, en torno a un recinto que protege la figura religiosa, y se lían entre ellos a patadas y puñetazos. Se desarrolla entonces una guerra de nervios, hasta que alguno salta la verja -a las dos o las tres de la noche- y todos van detrás, esta vez ya sí con desatada furia. A continuación sacan a la virgen del templo y la pasean por entre los altarcillos que traen los asistentes organizados en hermandades, y que se llaman simpecados. Entretanto, los fieles le cantan la Salve mientras van bebiendo manzanilla -que es un vino generoso y no una infusión de flores- y engullendo jamón de jabugo. Y entre un tremendo revuelo los niños, llorando aterrorizados, son izados y pasados de mano en mano hasta hacerlos llegar a la citada paloma, con la que deben entrar en contacto no se sabe bien para qué, mientras el fiscal de menores está a por uvas. Hombre, no sé, ¿no?