Llevado por su proverbial arrojo, Mateo Solifante determinó reservar mesa en un restaurante de insectos. Sus incursiones en el mundo de la entomofagia eran nulas, aunque entre sus amistades había quien lo consideraba un papamoscas. Mateo Solifante llegó al restaurante de insectos con no demasiada hambre, pues había ido hasta allí en moto y tragado un buen puñado de mosquitos. El dueño lo recibió con un chascarrillo muy de la casa: «A matar el gusanillo, ¿no?». A este le siguió otro no menos inspirado: «Si quiere algo de picar, tenemos abejas». Haciendo honor a la materia prima con la que trabajaba, el tipo era muy avispado, como lo constata el hecho de que ante la cucaracha que correteaba por entre las sartenes y las cacerolas no tuviese el menor rebozo en asegurarle al inspector de Sanidad que se trataba de uno de los platos que integraban la carta del local. A su diestra, sobre el mantel, Mateo pudo ver un cuenquito con grillos. Pero no eran para degustar, sino para amenizar el yantar con sus dulces melodías, con lo que el propietario se ahorraba el sueldo de un violinista. A su siniestra, y a guisa de palillos, un pequeño vaso con insectos palo.
Como neófito en la materia, Mateo asaltó a preguntas al chef, quien le explicó que la cochinilla no puede calificarse como porcino lechal, que el pececillo de plata no presenta la textura y sabor del pescado, que el caballito del diablo no recuerda a la carne de potro y que el insecto hoja no es un ingrediente esencial de la ensalada de verduras. De entrante pidió un milpiés, y ahí el dueño mostró su faz cicatera sirviéndole un ciempiés. Lo cierto es que el personaje tenía fama de escaso, pues en la sopa nunca te encontrabas una mosca, sino un mosquito. De primero solicitó una ración de gusanos, y el caso es que tardaron tanto en traérselos que los gusanos, cuando llegaron, ya eran mariposas. Se metió tal cantidad de mariposas en el estómago que lejos de sentirse lleno se sintió enamorado.
A continuación trasegó una bandeja de luciérnagas, las cuales con posterioridad se le iluminaron en la tripa haciendo que el tórax se le viese como en una radiografía, lo cual causó gran alarma en el afectado. El chef inquirió a los comensales:
-¿Hay algún radiólogo en la sala?
El percance no llegó a mayores, pues enseguida las luciérnagas apagaron sus luces para dormir la siesta. Mateo entonces se atrevió con una fuente de gusanos de seda. Engulló los gusanos y luego utilizó la seda como hilo dental.
Tras el pintoresco almuerzo a base de insectos, y como en él era preceptivo, acudió al cine para ver una película. Obviamente, aquella tarde adquirió entradas para Bichos.