En uno de sus números más rememorados, el faquir Sauliman Koddor se zampó tornillo a tornillo y tuerca a tuerca un avión Jumbo 747. Luego las tripas le rugían como uno de los motores a reacción y estuvo dos semanas orinando queroseno. No bien hubo acabado de comer, y ante el prominente bandujo que mostraba, se oyó una voz por los altavoces:
-Le habla el comandante. Desabróchese el cinturón.
De resultas del festín anduvo un tiempo aquejado de mareos y decidió hacerse unos análisis. El galeno observó:
-Ya le digo yo que falta de hierro no es.
Las habilidades de este tragaldabas de fuste no tenían parangón, e iban desde embucharse cuchillas de afeitar (las cuales en ocasiones le causaban cortes de digestión) a embaular sables y floretes, de los que desechaba la empuñadura como se arrumba la monda del plátano o el hueso del melocotón. Comía bombillas ante los atónitos espectadores (a veces, de aperitivo, se tomaba bombillitas de las que llevan las linternas), siempre encendidas. Luego iba al baño y dejaba unas deyecciones luminiscentes, como trufadas de luciérnagas. Ahí tuvo la idea, que elevó al ayuntamiento de su ciudad, de incluir en el pienso de los canes bombillas encendidas para que los excrementos en la acera pudieran ser, merced a su emisión de luz, fácilmente detectables por el transeúnte, propuesta que no halló eco en la autoridad municipal.
El faquir Sauliman no tragaba, sin embargo, tubos fluorescentes, pues estos contienen gas neón y la ingesta de los mismos le producía gases. También engullía cristales; al principio simples vidrios de ventana, pero cuando alcanzó la fama y el dinero le entraba a espuertas mandaba traer de Bohemia el mejor cristal, que saboreaba con deleite, así como de Austria cristalitos de Swarovski para picotear a modo de muesli. Llegó a comer lentes graduadas, que acompañaba con una copa de líquido de lentillas, y había un momento durante el espectáculo en el que, con su sempiterno rictus de orate grapado al rostro, deglutía dos agujas de hacer punto, procediendo acto seguido a calcetarse los intestinos con primorosos motivos (entre los que cabe destacar el punto de arroz y el de ojo de perdiz) que mostraba al respetable por medio de una máquina de rayos x instalada a tal efecto sobre el escenario. El público, entusiasmado, al término de la actuación le lanzaba espinosos tallos de rosa. Como tragafuegos alcanzó un sobresaliente éxito, de manera especial entre sus sucesivas parejas, que se rendían a sus besos ardientes.
El portentoso sistema digestivo de Sauliman Koddor, a prueba de bomba, únicamente requirió el paso por el quirófano muy al final de su carrera. Declinó el uso de anestesia alguna, y una vez concluida la operación se tragó el bisturí del cirujano.
El autor de estas líneas, con el propósito de recabar ciertas informaciones para presentarlas de forma fidedigna al lector, invitó a Sauliman a cenar, y da fe de que solo comió el cuchillo, el tenedor, la pala del pescado y la llama de la vela.