Más que un lugar real es un sueño. Un espacio en el que realidad y leyenda son dos caras de una misma historia. La del auténtico valor de la vida arrancada a los vientos y a los mares más fieros. Así, Vilán no solo es uno de los paisajes más hermosos del mundo. Cuentan que allí Ademastor doma las olas que llegan furiosas desde el mar del Norte. Fue castigado a sortear la ira de Poseidón porque estaba tan enamorado de la ninfa Tetis que la apretó de tal modo que se le deshizo en sus brazos convertida en arena. Así pena eternamente su condena vigilado por el gran cíclope, el primer faro que convirtió los kilovatios en haces salvadores y que llegó a capitanear la torrera Cristina. O imaginar que los Penedos de Pasarela cobran vida y el gran pato, el águila, el cantor, la dama, el payaso y los otros seres petrificados hace 300 millones de años en granito se lancen a surcar los cielos y a corretear por ese paraje atlántico para luego zambullirse en la laguna de Traba, donde pereció por injusta la ciudad de Valverde. «Hai un paraíso nos confíns da Terra», canta la vocalista de Luar na Lubre. Será por eso que el Apóstol quiso dejar sus huesos en esta proa que reta al océano y por mediación de la Raíña Lupa, que está enterrada debajo de siete vigas de oro en lo alto de A Moa, en el monte de O Pindo, lo llevaron a Compostela para posar por los siglos. Al final de los días, ya despojados del cuerpo, y con la moneda sobre los párpados para pagar el pasaje, abordar el último viaje en la barca de Caronte o de quien se ocupe para alcanzar esa isla de la eterna juventud, más allá de donde el sol se sumerge cada día a las espaldas de Fisterra.