Un hombre gorrón, chistoso, pedante, maleducado, abusón es merecedor de rechazo social. Si es nuestro jefe, también. Un hombre que se insinúa a una mujer y se la lleva a la cama o a cenar (y la historia puede parar ahí o seguir todo lo que la mente del lector desee hasta quizá imaginar a los nietos correteando por su cabeza) puede ser considerado un gran tipo. Pero, si es rechazado, a lo mejor a su fracaso puede unirse la etiqueta de baboso. Hay una ancha línea gris, a ambos lados de la cual las cosas se van haciendo más claras, y cuanto más lejos de la línea, mejor. A los hombres -qué le vamos a hacer- les gustan las mujeres. Pero yo creo que uno puede ser jefe y acercarse a una mujer, incluso en el entorno laboral, con intenciones románticas -valga el eufemismo- sin que resulte un abuso de poder. Y que levanten la mano los hijos de los matrimonios laborales: médico y enfermera, piloto y azafata, jefe y secretaria, etcétera, etcétera. Esto entre distintas jerarquías, y cuando el jefe es el hombre. Porque de ligar en el trabajo entre compañeros habría un mar de manos alzadas. Lo que quiero decir es que el acto censurable no es invitar a cenar o a «lo que surja», a una mujer en cualquier circunstancia, sino otras conductas derivadas de ser rechazado. Lo otro, las ventajas de aceptar, forman parte del juego del nepotismo y la corrupción, que tan saludablemente se expande por los confines de la política y la sociedad. Y, a veces, el que muchos califican de acosador no es más que un pesado.