Una influencer lanza una mirada arrebatadora a la cámara. No podía ser de otra manera. Además de un top llamativo y un pantalón que telegrafía sus caderas, luce, como quien no quiere la cosa, con esa desgana de lo habitual, un cigarro electrónico. Los estilismos están muy logrados. Los de ella, que se le suponen, y los del cacharro en cuestión. Ni que lo hubiera parido el mismísimo Steve Jobs, oiga. Pero los adolescentes que quieran arriesgar tienen otras opciones menos minimalistas. Dorado, plata, con brillantes, con estampados... Divino, en el Palace y en el chino, que diría Rosalía. ¿Y los sabores? Una locura. El de crema y el de mango se superan. Por si hay alguna duda, el New York Times reveló que una gran firma del vapeo, el Ferrari del mercado americano, llegó a pagarles a organizadores de campamentos y de otras actividades dirigidas a escolares para que un representante de la marca se colara y les hablara a los adolescentes sobre los cigarrillos electrónicos y sus bondades. A pesar de todos estos indicios, uno de los fundadores de esta empresa, que arrasa en Estados Unidos, aseguró que son una tabla de salvación para los adultos enganchados al pitillo y que en ningún caso tratan de enganchar a jóvenes que no consumen nicotina. Sin embargo, otro de los padres de la firma declaró en el marco de una investigación que el suyo no es, en sentido estricto, un producto para dejar de fumar. Ante las dudas, los gigantes de la industria del tabaco controlan más del 30 % de esta especie de Apple del cigarrillo electrónico y han colocado a un nuevo director ejecutivo procedente de su sector. Todo en orden.