¡Entroido! Libre como los muertos


Aunque en nuestros días cada vez aparecen más diferencias entre ellos, en el fondo todos los carnavales son el mismo carnaval. No todos los elementos carnavalescos son antiguos; el carnaval es cultura y la cultura es algo dinámico, vivo, que cambia constantemente. El reconocimiento de la existencia de carnavales, a veces diferentes y hasta irreconocibles como tales si se comparan entre sí, no significa ni oposición irreducible ni equivalencia, sino pluralidad, muy de acuerdo con la posmodernidad. A la manera de expresar estos contenidos, a las máscaras, a los vestidos se van adhiriendo circunstancias, modas contemporáneas, del momento y tradiciones locales que cada día duran menos por la movilidad y fluidez de las costumbres en una sociedad líquida como la nuestra. El carnaval incorpora a su expresión elementos cotidianos, del día a día. El carnaval es el rito del desorden organizado en el que cada uno tiene su función, y quien no sabe cuál es la suya lo único que está haciendo es arruinarlo; no consiste en una partida ya jugada y acaba de una vez por todas. Es incansable, cada año entabla una nueva partida y diferente a si misma cada año y en cada lugar, a pesar de que todos los carnavales son el mismo carnaval. Es un recuerdo de los antepasados. Las emociones son el principal factor de explicación del carnaval, como el de otros muchos movimientos actuales.

Los orígenes del carnaval son tan antiguos como los orígenes del rito y el culto a los muertos. Los enmascarados disfrutan de todas las libertades del mundo. Esta libertad solo la pueden disfrutar los que vienen del otro mundo. Todo enmascarado es, por definición, un habitante del otro mundo que vuelve. Los días de carnaval, los habitantes del otro mundo invaden el espacio urbano habitado por los de este mundo. Los enmascarados han de disfrutar de la misma libertad que disfrutan aquellos. Y tiene lugar en un momento preciso del calendario, determinado por la situación de la luna. Hacia el 15 de febrero se celebraban las lupercalias en honor de Luperco, organizadas por las más importantes cofradías sacerdotales de Roma. Después de ser manchados con la sangre del macho cabrío sacrificado en al cueva de Luperco y limpiados con un vellón de lana, los lupercos, seres muertos resucitados, volvían del otro mundo: salían a correr desnudos alrededor del Palatino, cargados de símbolos mágicos. A su paso, golpeaban a las mujeres con una fusta hecha de la piel del macho cabrío sacrificado. Las lupercales continúan hoy con los carnavales. El carnaval es, por definición, la última luna nueva de invierno.

Los conflictos sociales se expresan sin confrontación, dejando salir lo oculto, abriendo la puerta a todos los fantasmas. El miedo, la angustia y el terror se espiritualizan y se exorcizan de tal manera que no necesitan otra expresión. Solo hay ansia de otra cosa, sin saber qué otra cosa es. El carnaval saca a la luz cosas ocultas para que permanezcan ocultas; es el fondo sin fondo, una forma de resistencia. El carnaval es la personificación de esa fuerza desconocida, que no tiene nombre, la expresión de un deseo sin límite, un universo sin reglas anterior a la conciencia y a la capacidad de arbitrio. El carnaval expresa, canaliza, vehicula esa fuerza, ese abismo, al mismo tiempo que protege de ella en la medida en que la exterioriza. Sirve, sobre todo, de pretexto y desahogo a lo irracional, de regresión del individuo a su condición de parte de la tribu. El carnaval rompe con las formas típicas de la vida social, con los hábitos cotidianos que identifican al grupo y al individuo que se disuelve en el acontecer colectivo, y se olvida del mundo; libera de los dioses que hay que respetar, de las leyes que hay que cumplir, de las virtudes y de los protocolos que hay que practicar todos los días. El amor y la embriaguez eliminan los límites con los otros individuos. La disolución de la conciencia individual causa placer porque destruye las barreras y los límites que la persona siente en la vida cotidiana. El sentimiento sustituye la razón y el convencimiento.

Por Manuel Mandianes Antropólogo del CSIC y escritor

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