El mito del diálogo

Carlos G. Reigosa
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OPINIÓN

Al parecer, hemos encumbrado a unos políticos que comparecen plenamente convencidos -si no nos están mintiendo- de que el diálogo servirá para solucionar los problemas surgidos en el conjunto de España y, muy particularmente, en Cataluña. Así de claro parecen tenerlo, aunque el cielo comparezca cubierto de nubarrones de muy incierta vocación. Pero es verdad que cuando un diálogo es realista y verdadero, sí que existe la posibilidad de alcanzar acuerdos. ¿Se cumple este requisito a día de hoy? 

El 14 de junio de 1977, en su discurso de cierre de la campaña electoral, Adolfo Suárez nos explicaba a los españoles: «Quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro». Se refería entonces, a los que prometían, desde distintos extremos, un final fulminante para el terrorismo etarra. Y tuvo razón. Se acabó pagando un precio caro para salir de aquel infierno. Pero se salió.

Solo hay un diálogo fructífero y verdadero cuando ambas partes están dispuestas a generar nuevos argumentos de encuentro, con la firme determinación de acordar una solución válida para todos. ¿Estamos en esa fase en Cataluña?

Treinta años después de la premonición de Suárez, y con el problema todavía sin zanjar, el filósofo Fernando Savater escribió: «Decir que el diálogo -así, sin más aditamentos ni matices- es la solución de los problemas creados por el terrorismo etarra constituye una patraña y un fraude». Porque, como consta en la historia, la dinámica terrorista / antiterrorista fue otra, y duró lo que duró. Demasiado, en todo caso.

El problema catalán se ha ido tiñendo de separatismo en sucesivas fases, desde los equívocos planteamientos iniciales de Jordi Pujol, hasta la enrevesada situación actual, con personajes de película como Puigdemont o Torra campando a sus anchas. Y con el presidente Sánchez deseando encontrar una salida luminosa en plena oscuridad.

Y es que, cuando se dice que el diálogo lo soluciona todo, se está expresando tan solo un deseo casi siempre sincero, pero insuficiente. La realidad es que solo hay un diálogo fructífero y verdadero cuando ambas partes están dispuestas a generar nuevos argumentos de encuentro, con la firme determinación de acordar una solución válida para todos. ¿Estamos en esta fase en Cataluña? ¿Sucederá algo de esto en la próxima reunión Sánchez-Torra? Algo se mueve, pero se ignora si es en la dirección correcta. ¡Ah, el mito del diálogo, cuántos misterios encierra!