
Jurídicamente nos hallamos en estado de alarma. En realidad estamos en guerra. Una guerra mundial, singular en algún sentido, pero en otros aspectos semejante a los grandes conflictos bélicos que rasgaron el planeta. Es distinta porque, a diferencia de las anteriores, tenemos la certidumbre de que la vamos a ganar. El objetivo final no es la victoria, que solo algún milenarista apocalíptico pone en duda, sino conseguirla con rapidez para reducir el número de bajas. Cuanto antes venzamos al bicho, menor será la pérdida de vidas humanas y menor también la factura económica. Ojo, de todas maneras, con situar ambos costes al mismo nivel y trastocar el orden de prioridades: la economía, ya sea en forma de V, de U o de L, se recupera; las vidas humanas, no.
Otra singularidad: esta no es una guerra civil. No hay dos bandos de seres humanos matándose por un ideal, un territorio o intereses nacionales. Hay un enemigo común, extraño e invisible, que invade el planeta, se multiplica aceleradamente y se ceba con especial saña en las personas más vulnerables. Todos estamos sitiados por el virus. Y todos, unidos, obligados a enrolarnos en el ejército que debe hacerle frente. Cada uno en la función que le asigne el estado mayor, desde el personal sanitario, la heroica fuerza de choque más expuesta al peligro, hasta los ciudadanos que se enclaustran en casa para frenar la propagación de la pandemia.
La lucha contra la peste requiere un ejército jerarquizado y disciplinado. Todos debemos obediencia ciega al mando único -disciplina social, dice el comandante en jefe-, aunque íntimamente consideremos tardías o erróneas o fallidas algunas de sus decisiones. En plena batalla, el general al mando, ya sea un brillante estratega o un consumado inepto, siempre tiene la razón, porque la opción alternativa no es otra que el caos, la desbandada y el sálvese quien pueda como preludio de la derrota.
Convendría recordárselo a algunos próceres que parecen tener más prisa por saldar cuentas pendientes que por cerrar filas contra el virus. La crítica, en tiempo de guerra, suena a traición. La palabra política, al menos en el sentido peyorativo y partidista que suele dársele, debe ser puesta en cuarentena. El apoyo condicionado, el «sí, pero», denota deslealtad. ¿Alguien considera admisible que, una vez dada la orden de atacar, el soldado Urkullu reclame «diez segundos» para hacer pis crítico, el sargento Torra exija ir al lado y no detrás del comandante y el capitán Casado proclame que su jefe «no está a la altura?
Afortunadamente, antes incluso del toque de corneta, la mayoría de presidentes autonómicos ya habían ocupado sus puestos en el campo de batalla y millones de españoles habían convertido sus hogares en fortines defensivos. La guerra será cruenta, lo está siendo ya: las cifras de víctimas se multiplican día a día y la economía sufrirá un impacto brutal. Ahora toca el sacrificio, unánime y solidario, para acortar su duración. Después, desarmado y cautivo el maldito virus, tiempo habrá para retomar nuestras viejas querellas y apalearnos de nuevo.