Hace dos semanas veíamos en las ventanas encendidas de los bloques de nuestro barrio unas siluetas anónimas que aplaudían y jaleaban, queriendo mostrar que tras el silencio del día que se acaba hay gente que vive. A algunos, los jóvenes, cargados de hormonas y de calorías, se les notan las ganas de juerga, como purasangres encerrados en un establo que relinchan y cocean. Poco a poco las caras se han ido aclarando y hoy, con el cambio de hora, hemos salido todos a la luz. Al principio azarados, pero poco a poco, como los amantes recientes, perdiendo el pudor y redoblando el entusiasmo, retomamos esa comunicación que podría, si la cosa fuera dramática, convertirse en un recuento de bajas. En Galicia hay 2.703.000 habitantes. De ellos 2.221 están infectados de coronavirus, el 0,08 % de la población. Son pocos pero son muchos, porque son más de uno. La inmensa mayoría a la que rendía cuentas Blas de Otero en 1951 se asoma a los balcones todas las tardes para saludarse y darse ánimos.
Todo esto va a pasar pronto, pero dejará para algunos cicatrices indelebles. Habremos descubierto vecinos, libros, recetas y, sobre todo, con el vértigo de la pausa, nos habremos reencontrado con aquella cara que lleva tiempo viviendo en el espejo y nos habremos dicho, coño, chaval, tú por aquí. Cuánto tiempo. Ese es quizá el verdadero peligro de la pandemia. Que se trastocan los valores y que probablemente vamos a encontrarnos con que, como diría Neruda, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.