Se ilumina por enésima vez una pantalla, ese ojo de la cerradura por el que entrever una vida que ha quedado encerrada al otro lado de la puerta. Alguien propone en Instagram un ejercicio de imaginación sadomasoquista: escribir un haiku sobre un día perfecto posconfinamiento. Un poema construido con una mezcla equilibrada de placer y dolor para intentar sobrellevar el hecho de que al final hemos conseguido atravesar el plasma para vivir en una de esas distopías que engullíamos desde este sofá tan cómodo que con el paso de los días ha mutado a un instrumento de tortura.
Es increíble la rápida adaptación a una serie de ciencia ficción que todavía no había sido escrita. Y así, hundidas en una incomodidad mullida, van surgiendo las escenas de un capítulo bondage en el que la calidez jugosa del sol de primavera acaba abrasándote las mejillas. En el que han vuelto a montarse las terrazas pero, por alguna razón, es imposible beberse una cerveza bien fría. La piel se nos ha vuelto escamosa y dura y, sedentarias, se suceden las escenas de una temporada que ni siquiera el dichoso algoritmo recomendaría: estás en el parque leyendo ese libro delicioso, pero al intentar pasar las páginas en las yemas de los dedos se te clavan mil agujas. El encierro genera poesías oscuras. Qué ganas de llegar la estrofa final de esta fantasía. Un verso en el que dejarse de haikus porque hemos recuperado nuestras vidas.