
La primera oportunidad que tuvo el Gobierno de anunciar a sus ciudadanos una buena noticia en 45 días -la salida de los niños a la calle- acabó convertida en un auténtico fiasco. Es difícil asimilar que a alguien con responsabilidad para mandar y decidir sobre nuestras vidas pueda ocurrírsele que la mejor forma de aliviar el confinamiento de los niños y de limitar los riesgos de contagio a otros colectivos es llevarlos al supermercado. Si algo tan sencillo se improvisó y acabó necesitando una rectificación, ¿qué vamos a esperar de este Consejo de Ministros ante el desafío de diseñar un plan que defina cómo va a ser la vuelta a lo que era la vida normal?
La tarea es de una complejidad enorme: diseñar una hoja de ruta que mantenga el difícil equilibrio entre preservar lo más valioso, que es la vida humana, y empezar a amortiguar el enorme daño que está sufriendo la economía y, en consecuencia, el bolsillo de la gente.
Y ante este inmenso reto, lo que tenía que haber sido otra buena noticia ha quedado reducida a una improvisación que, confiemos, acabará siendo rectificada. ¿Cómo el ámbito para la desescalada tiene que ser tan rígido, la provincia? Nada tiene que ver la situación en A Coruña o Vigo con lo que ocurre en pueblos pequeños del interior. ¿Cómo se puede anunciar que los comercios podrán atender a los clientes de uno en uno o que los hosteleros solo pueden abrir el 30 % de la terraza sin explicar qué tipo de ayudas se van a habilitar hasta recuperar la normalidad? En estas circunstancias dificilmente nuestros comerciantes, hosteleros, peluqueros... van a poder pagar el alquiler, el préstamo de la reforma, las cotizaciones sociales, los salarios y los impuestos. ¿Cómo se pueden abrir los colegios solo para niños hasta seis años para que los padres puedan trabajar y no, por ejemplo, los de Primaria?
Pareciera que nuestros «ministros y ministras» no viven en el mundo real, o que llevan mucho más de 45 días sin pisar la calle. El inmenso reto que tienen no se saca adelante desde esa atalaya, improvisando sobre lo que no saben para luego rectificar. Para sacar este desafío deben apoyarse en los expertos, pero también ganarse la lealtad de la oposición (que muchas veces no ha sabido estar a la altura) y de los gobiernos autónomos. Pero sobre todo, deben entablar un diálogo con los sectores más dañados por la crisis, porque son los que saben dónde están las heridas.