Máscaras


La palabra persona y su derivada personalidad, vienen de Grecia haciendo referencia a la máscara que llevaban los actores en sus representaciones; por eso, para el psicoanalista Karl Jung, la personalidad de cada uno no es más que la máscara de la que nos servimos para ocultar nuestro verdadero Yo. El niqab musulmán es un velo que solo deja al descubierto los ojos y que -cuestiones religiosas aparte- su fin es proteger a las mujeres de las miradas ajenas, es decir, para ocultar su personalidad.

El velo de novia cristiano arranca del momento en que Moisés bajó del monte Sinaí con las tablas de la ley y el rostro iluminado de tal manera por la visión de Yahvé, que tuvo que tapárselo con un velo para no deslumbrar a su pueblo. La costumbre del velo de novia, en el origen, pretende velar la radiante cara de la desposada.

Marvin Harris en su texto Vacas, cerdos y brujas explica por qué la vacas son sagradas en la India, por qué los cerdos son tabú en la cultura islámica y judaica y por qué las brujas fueron perseguidas por la Inquisición católica. En todas ellas halla una explicación sanitaria y/o económica. Enmascarar el rostro ha generado costumbres, rituales, pecados y revueltas como el motín de Esquilache en el reinado de Carlos III.

Hoy que se impone el uso de la mascarilla no me extrañaría que se incorporara como una prenda más en el imaginario popular.

Las mascarillas en los tiempos del virus repiten, cumplen estas claves ancestrales: servir de prevención de enfermedades y al mismo tiempo ocultar la personalidad. La mascarilla supone una nueva forma de relación en la que tendrán ventajas aquellos que sepan sonreír con los ojos y guardar las distancias preventivas.

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