Congelada en un minuto cualquiera, en un fotograma prescindible para la trama, va perdiendo protagonismo hasta quedar difuminada. Extraviada en medio del catálogo. Ni siquiera había llegado al final de la temporada. Ahí se había quedado, en mitad de un capítulo al azar, sin una razón aparente para pulsar el botón de pausa.
Era buena, de las mejores que se había encontrado. Trepidante y delicada. Brutalmente apacible. Adictiva, pero equilibrada. Y sin embargo, durante mucho tiempo solo perdía puestos en una lista que no deja de acumular títulos. Muchos interesantes, varios magistrales, y sobre todo, algún que otro bodrio que en el fondo, nunca debería haber empezado a reproducirse en la pantalla. Sinopsis mediocres a las que recurrir una noche de aburrimiento. Y aun así, sigue avanzando capítulos hasta un final que ya se adivina decepcionante desde el inicio. Los primeros agujeros argumentales habían aparecido en el piloto.
Se ha conservado intacta a pesar de todo. Y al catarla de nuevo ni siquiera tiene un regusto un tanto decepcionante a naftalina. Tanto tiempo después, el algoritmo vuelve a ofrecer una historia de la que ya apenas quedaba un recuerdo y la duda de por qué había sido detenida. Y los fotogramas se superponen ofreciendo la revisión de una serie de barrica que ha envejecido tan bien que hasta Jimmy McNulty se la bebería.