Era una cita aplazada, inapelable, el confinamiento general que encubrió el estado de alarma tuvo una replica mariñana que aisló catorce concellos del norte lugués y me impidió visitar, al menos fugazmente, mi querido pueblo.

Pero como todas las letras vencen y todos los confinamientos se desconfinan antes o después, ya he vuelto a ver el mar en su orilla más próxima a la imagen marítima que conservo desde que nací.

Momentos cotidianos como caminar por las viejas calles que configuran mi entrañable ciudad o mirar al cielo desde el centro de la plaza mayor se convierten en un rito conocido que se había vuelto ajeno al intentarlo desde la distancia en los cien días de restricciones civiles que hemos vivido y que hay que evitar que se reproduzcan para que no regresen a lomos de covid alguno.

Volver era mucho más que un deseo o una reivindicación. Se había convertido en una necesidad. Era el reencuentro más anhelado, y cuando el coche dobló la última curva antes de que el pueblo se dibujara en el navegador del automóvil, toda mi memoria de pueblo se vino de golpe a mi pecho como en una angustia amable. Al fin había llegado. Nada sucedía en el pasear cansino de la gente, la luz líquida del norte que anida en esta esquina de la costa se había hecho presente y yo me reconocía en ella. Era una de las señales secretas de mi pertenencia, esa luz que tanto añoro en Madrid, y que pretendo teñir de melancolía cuando estoy lejos, se hizo presente a mi llegada.

La marea estaba llena, altamar recibiéndome y yo debiéndole la pleitesía antigua de un hijo que retorna. En un minuto repasé mi vida entera, volví a ser el chaval, el adolescente que fui, aquel muchacho de los adioses que un día emprendió el camino de ida, y que ahora todo el pueblo en su estructura urbana estaba saliendo a su encuentro.

Viveiro era mi origen y mi destino, el pueblo que amé y maldije a partes iguales, que maldigo y continúo amando, el mismo que en algunas de sus gentes nos advirtió en las redes sociales a los «madrileños» que éramos portadores del virus, todos sin excepción, y que seríamos mal venidos, mal recibidos si osáramos volver al pueblo.

Y volvimos y encontramos el abrazo virtual entre nuestros paisanos, y volvimos a beber el vino en las tabernas y la cerveza en las terrazas, y todo fue muy parecido a como era antes del desastre que llegó mediado marzo.

He vuelto, regresado para estar junto al verano, caminando agosto hasta el final, y cuando la llave de la puerta giró en su cerradura franqueándome la entrada supe al fin que estaba en mi casa. Así fue el volver, la vuelta al hogar primero.

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