La idea de régimen político se ciñe a cuatro elementos: las instituciones, las reglas, los valores y creencias y las autoridades que desempeñan los cargos públicos. Pero más allá del régimen está el país, lo que nos une, lo simbólico, las costumbres, la cultura, la gastronomía, haciendo de nuestra memoria colectiva el sostén de nuestra identidad, y aquí, una vez más, los afectos, los sentimientos y las emociones.
Si hay un símbolo del proceso de consolidación democrática en España este es el rey, el emérito, por supuesto; especialmente a partir de su actuación durante el golpe de Estado de 1981, que supuso para muchos el fin de la Transición, con un Gobierno socialista tan solo un año más tarde.
El rey Juan Carlos consiguió concitar todo tipo de apoyos, incluso de muchos que se manifestaban calladamente republicanos y preferían declararse «abiertamente juancarlistas», quizás porque el rey representaba, por encima de las diferencias políticas e ideológicas, una buena parte de todo lo que nos unía en ese proceso de construcción del nuevo régimen.
Mientras la bandera no fue nunca un símbolo común, por la herencia del franquismo, y el himno, como música militar, nunca nos supo levantar, el rey, la Constitución, el relatado consenso heroico de la transición o los Pactos de la Moncloa constituyeron piezas fundamentales de nuestra nueva construcción como país, lo que nos unía, aquello que mostrábamos y el mundo miraba con admiración.
Y todos y todas, sin excepción, entendimos que los devaneos del rey -me refiero a los políticos y los económicos- eran, a fin de cuentas, un peaje llevadero, y elegimos cerrar colectivamente los ojos. Colectivamente: políticos, empresarios, medios y periodistas y ciudadanos miramos a otro lado.
Pero en esos giros bruscos e inesperados de la historia lo que antes nos unía se ha convertido ahora en motivo de nuestra división. Los consensos de la Transición han entrado en crisis; el propio relato de esta etapa es cuestionado por las generaciones posteriores, las mismas que entienden que no haber votado la carta magna les deja fuera del consenso constitucional (y quizás tengan razón); y el rey, el emérito, ya no constituye un peaje llevadero ni para la propia Casa del Rey.
No me preocupa Juan Carlos I, ni la monarquía, y mucho menos la cuestión judicial o el problema político asociado. Me preocupa que este episodio es otra parte de una crisis social e institucional, que refiere que lo que antes nos unía como país ahora nos divide. Y cuando un país transforma lo que lo une en lo que lo divide se convierte en un país roto. Es urgente mirar a lo que nos une, aunque sean valores nuevos, pero que nos unan de verdad, a todos y todas, si aún es posible.