«La gripe siempre vuelve»


«Ha vuelto la gripe -dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la consolasen los demás de su miedo; porque los pánicos se esparcen y se siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos-».

En su obra La quinta de Palmyra, publicada en 1923, Ramón Gómez de la Serna nos aporta las reflexiones que suscitaba la gripe a los contertulios de su protagonista femenina. Ambientada en el «apartamiento arcádico de Portugal», narra la vida de una dama y sus consecutivos amantes -amiga lesbiana incluida- en una finca, cuya fisonomía retrata con pinceladas decadentes el autor de las Greguerías, quien adquirió poco después su propio chalé en Estoril, que bautizó como El ventanal.

Periodistas e investigadores han buceado estos días en los testimonios literarios y artísticos que relataron hace un siglo los efectos del virus H1N1, constatando que apenas dejó huella en las bellas artes. Una de las excepciones que confirma la regla es el capítulo Las visitas de la novela ramoniana. En esas páginas, el anciano don Mariano recuerda a Palmyra Talares y a su séquito que «la gripe siempre vuelve (…) no hay nada más sutil ni de que pueda uno defenderse menos». Tres oleadas sucesivas convirtieron en mortífera a la mal llamada «gripe española» de 1918.

Sin llegar a convertirse en refugio decameroniano para escapar de la peste negra de Florencia, el servicio del té en la quinta anima el comentario de don Vasco, otro habitual de la sobremesa, respecto a la epidemia: «A la gripe la he visto yo, devastadora como nunca, en la India; mataba como siempre con frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella como ahuyenta la peste». Los rasgos opacos del mal, semejantes a los del covid-19. acentuaban la angustia del momento.

Gómez de la Serna despeja entonces la escena con una frase lapidaria, «todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido el aire con la mano como quien aparta un contagio invisible», para luego hacer mutis por el foro: «Después todos se fueron levantando, no solo porque era tarde, sino como si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la noche se declarase en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor soledad».

En la primera página del capítulo siguiente, Armando Vívar, quien se hacía pasar por aristócrata español mientras disfrutaba de los favores de Palmyra, redondea con una frase su malestar por el aislamiento que sufre en la quinta. «¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de los flecos interminables!». Quincenas repetidas de aislamiento que deseemos no se reproduzcan este otoño, liberándonos por fin de esta pesadilla un siglo más tarde.

Por Raimundo García Paz Profesor y periodista

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