Lucidez real

Francisco Martelo LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

Ballesteros | Efe

21 ago 2020 . Actualizado a las 09:28 h.

Letizia Ortiz empezó a ser conocida como reportera de televisión en un momento dramático para nuestra tierra: la catástrofe del Prestige. Demostró ser una buena profesional y llenaba la pantalla de guapura. De formación intelectual esforzada obtenida desde el seno de una familia modesta, culta, frecuentadora de amistades con arraigo cívico republicano y de estado civil divorciada, no pocos la vimos como una arribista en busca de la máxima notoriedad posible al casarse con el hijo del rey, de un rey campechano, reconocido hacedor del advenimiento democrático de este país, y portador de armadura y escudo que evitó el final del estado democrático un 23 de febrero. Con semejantes méritos no podíamos creernos los relatos negativos que sobre él vertían supuestos medios antimonárquicos que trataban de encasillarlo como uno más de la nefasta retahíla de reyes borbónicos. En este clima, durante los siguientes años a sus esponsales, doña Letizia no fue bien acogida por gran parte de los ciudadanos, ni por la prensa del corazón, al compararla en sus formas y modales, en ocasiones displicentes, con sus nuevos parientes de estirpe real y educación noble.

Pero el reinado de Juan Carlos I pasó de ser el abrigado albergue de la transición democrática a la casa de los líos, obligando al monarca a su abdicación en la figura de su hijo en el 2014, en un difícil momento, dada la inestabilidad territorial y el fortalecimiento de las ideas republicanas en amplios sectores de la población, lo que se ha complicado, seis años más tarde, con el abandono del país por parte del ex-rey sin mediar todavía sobre él acusaciones judiciales concretas; pero con una trama de vodevil con enredos amorosos y de dinero, que hicieron insostenible la situación para el rey emérito.

Sin duda no han sido buenos tiempos para la nueva reina. Seguramente necesitó brújula y bitácora para navegar en tamaña tempestad intentando salvar a su marido y a sus hijas, para poder ver presente e imaginar futuro.

Tengo la impresión de que se ha convertido en una hechicera de situaciones del vivir, con claridad en la respuesta para superar los daños ocasionados a su núcleo familiar y a la insigne responsabilidad que ostenta. Sin duda, ha apoyado y aconsejado a su marido en la toma de decisiones gravísimas, como la privación de estipendios de la Corona a su padre, la renuncia a su herencia y la aceptación del alejamiento del ex-rey; porque ningún mal se conlleva, ni se supera, si no contamos con el apoyo del corazón del otro. Ha sido muy difícil quitar lo que sobraba, hasta conseguir el equilibrio entre la acción y la inhibición, pero seguramente estará pensando que todavía será mas arduo aportar lo que falta.

Sin información mediática, tantas veces manipulada, me da la impresión que alguien me está dictando todo esto al oído confidencialmente, pero desde la verdad. En plena pandemia, con una crisis económica gravísima y un futuro tan incierto, la actual reina de España, por imperativo de su lucidez, se ha convertido en la protagonista de la causa monárquica.