Queda mucho para una gran coalición en España. Es así. Tendríamos que ser un país maduro y caminamos justo con paso desquiciado por la senda contraria: por el camino de dos bloques que se rechazan y que se comportan como perros salvajes y hambrientos de poder. ¿Qué tiene que ver un fan de Podemos con uno de Vox? Solo el odio. Es lamentable. Pero es lo que hay: otra vez las trincheras. Los que se lanzaron a felicitarse por que Pablo Casado sacrificase en la hoguera como Juana de Arco de la derecha a Cayetana Álvarez de Toledo igual se equivocan. ¿A quién le hacía más daño Cayetana? Esa es la pregunta que hay que contestar. A Vox, sin duda, donde está el voto que debe recuperar el PP si quiere ser alternativa en algún momento. Aunque la cesada a veces, muchas, se gustaba demasiado y se pasaba varios pueblos con sus declaraciones, la prueba de que no estaba tan errada es que, además de dejar sin discurso a Vox, sus palabras escocían sobre todo a socialistas y podemitas. Era el puntal que ponía más nervioso a la defensa contraria. Algo estaba haciendo bien. Y talento no le falta. Inmolarla en aras de un giro a la tibieza no tiene mucha lógica en esta España inmadura, en el escenario de hoy, donde no existen los membrillos, donde no existe el caladero de centro que hubo en la santa transición. Esas papeletas de la reconciliación y el sentido común que fueron la reacción natural a décadas de dictadura se han ido desvaneciendo. Ya lo vivió Suárez, con su errático viaje de la UCD al CDS. La llave con nuestro sistema electoral de que los populares sean alternativa es reconquistar esa fuga a Vox que creció hasta los 3,6 millones de votos en los últimos comicios. Cayetana se crecía y se crecía y resultaba imposible para Casado controlarla. Pero era Abascal quien más enmudecía con ella en la tribuna de los populares. Solo le quedaba el espacio más cerril y radical, por otro lado su lugar natural. Tirando únicamente de xenofobia, Vox se desinflamaría. Hubo mucha fiesta con la muerte política de Cayetana. La caída de una estrella siempre es celebrada. Es la condición humana: gusta ver caer al que brilla. Preferimos la placenta de la oscuridad, el aburrimiento del tedio o los manejos turbios del trepa, que nunca sabes si carne o pescado, si a vela o a vapor. Los valientes nos ponen nerviosos. Pero veremos si no se tienen que tragar muchos sus palabras. Cayetana era un as en la actual escena polarizada. Un veneno letal para Vox y para el denominado gobierno Frankenstein. Dejar sin fusil a quién mejor disparaba es una decisión temeraria, cuando menos. Las llamas de Cayetana eran necesarias. Se pasaba de intensa, pero hay personajes que no distinguen entre carácter y destino. No gana el PP tachándola. Solo emborrona más y mina la reconquista de su campo de votos, provincia a provincia. La tibieza en esta España hostil no tiene venta. Es el territorio naranja y gaseoso de la irrelevancia por la que camina Ciudadanos. Cuidado, la política va de ganar elecciones, no portavocías. Casado tiene que aclararse, a él y a los españoles, si quiere ser gavilán o paloma.