Las bibliotecas y los monasterios señalaban el camino. Tuvieron que venir algunos investigadores con sus informes para que lo escuchásemos (escuchar, no oír). Esos letreros que piden silencio en los lugares de estudio podrían ser una receta para la pandemia. Dicen esos científicos que si la humanidad se callase dos meses el virus se extinguía. La expansión en aerosol se multiplica al hablar. Ahora se entiende como en España, que es un festival de gritos, una jauría de ruidos, un botellón de decibelios, seamos reyes del covid. Cuando uno viaja al extranjero, aprende en seguida a localizar compatriotas por el escándalo que montan al hablar. No falla. Allí donde alguien protesta suele encontrarse un español. Especialmente ruidosos son los madrileños, acogedores, pero ruidosos. Los que hemos vivido en Madrid hemos escuchado el estrépito con el que en los bares se recitan las tapas y raciones que hay. Ese casticismo vocinglero tiene su punto, pero ahora con la pandemia podría resultar fatal. Jamás por hablar más alto uno lleva la razón. Pero esa lección no ha calado en la enseñanza de este país. Hay demasiada gente que sigue pensando que el que grita gana la discusión. Cuando no es el que golpea. Ahora que conocemos un motivo por el que calladitos estamos más guapos, a ver si hacemos caso de Beethoven, que algo sabía de sonidos, a pesar de su sordera: «Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo». Hay que valorar la belleza del silencio. Estarse callado cuando no se tiene nada que decir es una rara maravilla, en un país de cuñados en el que deporte nacional es discutir sobre cualquier tontería. Tal vez el Gobierno debía de cambiar lo de juntos salimos más fuertes y apostar por juntos salimos más callados. Empezando por los políticos, oradores sin tregua. Representantes insignes de la casquería de palabras. Se lee en silencio. Y así se aprende y se comprende. El ruido no aporta nada. Y vivimos sumidos en esa tormenta de sílabas encabalgadas de los tertulianos televisivos. Decía con ironía Eugenio D’Ors que en Madrid si no dabas a las ocho de la tarde una conferencia te la daban. Demasiados maestros de todo. Tenemos que convertirnos en Héroes del silencio, como el grupo maño. Ya que su música no pasará a la historia, que por lo menos lo haga su nombre. El silencio es descanso. Es reparador. Es creativo. Lo saben los monjes benedictinos. En la regla sexta de San Benito figura que la vigilancia de la lengua es positiva y aporta respeto a los demás. Dos meses en silencio en este planeta de ruidosos sería un calmante perfecto, una receta que nos aportaría tiempo para leer algo de todo lo que desconocemos. Si de esa humilde operación silencio salimos sin pandemia y, junto a los benedictinos, aprendemos para el futuro que no hay que caer en un silencio absoluto, pero sí en un hablar juicioso, bienvenido sea el parón vocal. Sería un pequeño milagro en este tierra de charlatanes desaforados.