Ser viejo


En alemán el verbo ser, sein, marca la diferencia entre ser y estar. Y ser viejo no es precisamente un estado de ánimo sino llegar a una edad sobre la cual Cicerón a los 73 años (ya anciano) espetó: «Impide la actividad, debilita el cuerpo, priva de casi todos los placeres, y no se encuentra lejos de la muerte». A ser viejo se comienza en el día en que se nace, y contra la vejez no hay vacuna. Los viejos no tienen -apropiándome de García Márquez-, quien les escriba. Esta sociedad que rinde culto a la juventud como canon de belleza y esplendor, los ha decidido amortizar, apartarlos, evitarlos como se aleja un objeto inservible y molesto. La decadencia se oculta y se esconde. Los viejos son torpes juguetes rotos que transitan por la orilla que conduce a la muerte. Y esta pandemia ha puesto su diana en la vejez sembrando de muerte hospitales y residencias, lanzando su dardo envenenado al corazón de hombres y mujeres que tienen más de 75 años, infringiendo una auténtica escabechina entre las personas de esa edad. Todos esos muertos, como no podía ser de otro modo y según la estadística oficial, padecían «patologías previas».

Ser viejo en estos tiempos es sentirse inútil socialmente. Sus trayectorias personales son las de una generación que nació con el doloroso sufrimiento de una guerra civil y una dura y prolongada posguerra, que solidariamente contribuyó a construir un país democrático y del bienestar colectivo. Son poco más que un estorbo, un santo y seña de la España vaciada, esperando al sol de las mañanas ver pasar la vida desde un banco de la plaza. Ya forman parte del paisaje.

Y ellos lo saben, al igual que tienen consciencia de que sus únicos aliados son sus nietos. En ellos, en su afecto limpio, hizo germinar la semilla plantada a través de las historias narradas en forma de cuentos infantiles que les relataban cada tarde cuando iban a buscarlos a la salida del colegio.

Quiero rendir mi pequeño homenaje de papel a quienes han recorrido la mayor parte del camino de la vida, a los viejos, a mis viejos, a nuestros viejos, a todos los viejos que desde la resignación ya no quieren ni pueden defenderse, y están aprendiendo a morir en los hospitales y en las residencias de ancianos.

Definitivamente, no existe ninguna vacuna para paliar la vejez.

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