«Todo lo que comemos tiene una historia evolutiva. Cada estante del supermercado está lleno de productos de la evolución, aunque la etiqueta de las carnes de ave no nos lo señale con una fecha de caducidad jurásica, ni los letreros del pasillo de frutas y verduras delaten el hecho de que el maíz tiene una historia de selección artificial que los americanos realizaron durante seis mil años».
Este párrafo, extraído del primer capítulo, define muy bien el contenido del magnífico libro de Jonathan Silvertown Cenando con Darwin. Utilizando anécdotas sobre verduras, hierbas, cereales, etcétera, el autor nos muestra cómo las relaciones con los alimentos han definido no solo nuestras culturas e historia, sino también las trayectorias evolutivas de nuestra especie y la de aquello que comemos.
El libro no se centra únicamente en los vegetales, de los que dice que utilizamos en torno a cuatro mil especies, sino que cuenta también historias de la carne o el queso y, para mi sorpresa, un capítulo dedicado a la historia del consumo del marisco. En resumen, el libro es un recorrido por nuestra forma de comer, por los viajes de los alimentos y por cómo una sucesión de acontecimientos científicos, culturales y sociales han determinado nuestra forma de alimentarnos.
Pues bien. Animado por su lectura decidí acercarme a una gran superficie y observar allí el resultado de esa historia. En la sección de frutería convivían melones, de origen asiático y de la región del Pacífico, con sandías de origen sudafricano; albaricoques se mezclaban con ciruelas, ambos de procedencia asiática. Compartían los lineales de verduras y tubérculos repollos y guisantes de origen europeo con patatas sudamericanas. En los condimentos se asomaban juntos en la estantería el pimentón americano con el clavo o la canela de las Indias, en una orgía multicultural de vegetales.
De la misma forma, muchos de los vegetales presentes en la tienda vienen de un origen común, a través de selección artificial, viajando posteriormente por el mundo. Es el caso del brécol, la coliflor, el repollo, la berza y el colinabo, por ejemplo, cuyo origen se sitúa en una especie de mostaza, mediante la supresión de flores, de la distancia entre los nudos o el desarrollo de hojas más grandes.
Volviendo al principio, la lectura del libro hará que no volvamos al supermercado con los mismos ojos. Disfruten de su lectura en estos días confusos y no olviden comer una menestra: el resultado de una apasionante historia de cultura, viajes y evolución.