Por qué la Lomloe no da para tanto


Basándome en la definición del sistema político, que solo en parte viene determinado por las leyes, mientras el resto depende de la cultura, los usos y creencias de la población, la economía, las emociones y el comportamiento cívico, también creo que el sistema educativo depende, solo en parte, de las leyes, pero que son otros elementos y circunstancias -desde la actitud de los padres, alumnos y profesores, hasta la capacidad que tiene el sistema para impulsar la circulación de las élites- los que determinan su realidad y su alcance. Así se explica que, cuando solo cambia la ley, no cambia casi nada, y que la algarabía que montamos con cada nueva ley orgánica -sea de Wert o de Celaá- siempre acaba siendo una tormenta en un vaso de agua.

Tres ejemplos nos pueden afirmar en esta convicción. El primero es la fehaciente comprobación de que la alianza de franquistas y catolicones -¡ya ven qué domino el lenguaje actual!- que formó a capricho a las generaciones comprendidas entre 1950 y 1980 fue la que llenó España de ateos, comunistas, confederalistas y antiespañoles -casi todos de granja- que están en la base de las derivas actuales. Porque la conexión entre un sistema educativo y sus efectos sociales siempre es una incógnita. El segundo ejemplo es que la inmersión lingüística operada en Euskadi, Galicia y Cataluña se hizo con leyes que Casado volvería a firmar, cuyas equilibradas disposiciones no pudieron impedir que otras modas y manías llevasen la cuestión a donde hoy está. Y el tercer ejemplo podemos sacarlo de las propias leyes orgánicas de educación, que tienen una vigencia media de seis años; que fuerzan a que todos los que completan una buena formación universitaria lo hagan bajo dos o tres normativas distintas, y que las reformas de planes de estudios, en vez de ser un acontecimiento importante, solo sean bailes de intereses y ocurrencias con los que el profesorado maximiza su carrera académica.

La experiencia -que casi nunca coincide con los expertos- nos dice que gran parte de los problemas educativos que tenemos hoy ya se intuían en tiempos de Platón, y que ningún sistema educativo logró frenar ni acelerar los cambios que brotan de una sociedad dinámica. Las persecuciones de los romanos llenaron el mundo de cristianos, mientras que cuando los Estados se encargan de mantener el patrimonio religioso, hasta las catedrales quedan vacías. Porque todos sabemos que las políticas reformistas solo funcionan si van a favor del viento social, y que, si se hacen a la contra, solo sirven para cosechar fracasos históricos.

Isabel Celaá no va a cambiar las dinámicas del mundo ni la realidad de nuestro país. Porque los determinantes educativos de las actuales generaciones también siguen siendo la familia, la tribu, los medios de comunicación, las modas, los comportamientos referenciales y los valores vigentes. Y todo eso, en la España de hoy, es un desastre. Y por eso creo que el problema más venial de la educación española es, precisamente, la Lomloe.

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