Carta póstuma a Rosario Porto


Tú bien sabes que cada uno es como es. Me pidieron que escribiera unas palabras sobre ti; y se me ocurrió escribírtelas a ti. Sabemos que la verdad judicial te hizo residente del barrio oscuro, allí donde habitan los dark side, tan investigados: ¿por qué se les apagaron las luces? ¿Cuándo? ¿Alguna vez estuvieron encendidas? Ya imaginarás, pienso en las luces de la bondad, compasión, solidaridad, cariño, las que alumbran, aunque sea entre nieblas, las emociones del otro, sus derechos, sus intereses. Y es para comprender que tantos colegas buscamos marcadores de ese lado oscuro: entonces, la ciencia ad hoc se llena de textos sobre psicopatía (la maldad fría y calculadora), el narcisismo (cuando el yo te devora y su culto te pervierte), el maquiavelismo (la mentira y la manipulación al servicio de cualquier fin, aunque innoble)… y así. Algunos, meticulosos, añaden al cuadro una pincelada de sadismo: alguna suerte de placeres vinculados con el sufrimiento de otros. Pero, de verdad te digo que no creo que todo ello te haga mucha justicia.

Ahí está tu historial psiquiátrico, lleno de depresiones e internamientos, bien antes de los trágicos acontecimientos. Así que nunca sabremos si tu muerte ha tenido que ver con la digestión de tu crimen, o tu crimen fue deudor de tu caos afectivo previo. Es tentador describirte con la pereza intelectual de las etiquetas simples. No te lo mereces. No es tu caso. Siempre creí que eras un claro ejemplo de algo cualquier cosa menos simple: la «psicopatía secundaria»; el mundo donde la frialdad necesaria para el plan malvado convive con los fuegos de la angustia, la depresión y la desesperación, en tu caldera neurótica. Los que sufren pueden ser malos. Y los malos, a menudo, también sufren.

Tú sufriste, mucho, sin duda. Una psiquiatra te describió como «ambivalente»: capaz de grandes odios y grandes amores. Y por ahí anda la bipolaridad que una sabia colega te atribuyó. Montaña rusa desde la que te despeñaste. Esa conciencia que nunca te abandonó del todo, mordió y remordió. Tengo para mí que nada te dolía tanto como haberte enredado en el delirio de otros, «jueguecitos» les llamaste, follie a deux en la que entraste y de la que, presumo, no supiste salir. Tu caos pedía orden a gritos, perentoriamente. ¿Otro «suicidio lúcido»? Restablecer un mínimo de equilibrio. Ajustar cuentas, con el mal, con lo que salió mal, esto es, contigo misma. Y lo conseguiste. Y dejaste tu celda en perfecto orden y concierto. Como gran metáfora de tus necesidades. En paz. Descansa en ella. Que compasión no te falte. Al fin y al cabo, aprendimos de la gran Concepción Arenal a «odiar al delito mientras compadecemos al delincuente».

Los años que destrozaron a los Basterra-Porto

Xurxo Melchor

La que fue una idílica y acomodada familia compostelana activó una espiral de destrucción que culminó con el asesinato de Asunta a manos de sus padres

Rosario Porto y Alfonso Basterra se conocieron en 1990. Ella tenía 21 años y él 26. Ella era abogada, pero, sobre todo, era la hija del acaudalado matrimonio formado por el exitoso abogado Francisco Porto y la profesora de Historia del Arte Socorro Ortega, más conocida como Curro. Una familia más que acomodada y con influencias. Entre ellas, la de ser cónsules honorarios de Francia en la ciudad. Él, bilbaíno, era periodista, aunque pocas veces con un trabajo estable. Acabó viviendo del dinero de su mujer que, como no llegó a ejercer, realmente era el dinero de sus suegros. El 26 de octubre de 1996 se dieron el sí quiero pero, eso sí, en régimen de separación de bienes.

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Por Jorge Sobral Catedrático de Psicología de la USC

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