AP9: la autopista del nacionalismo

OPINIÓN

XOAN CARLOS GIL

08 feb 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Si hacemos un estudio detallado de la evolución de los nacionalismos modernos, encontraremos un patrón común presente en la mayoría de ellos: se desarrollan con mayor intensidad en masas sociales que han interiorizado sentimiento de agravio. Para ilustrar este fenómeno podríamos enumerar algunos casos que, sin entrar en cuestiones ideológicas, nos servirían de ejemplo. Voy a citar solo el más cercano, bien conocido por todos debido a su protagonismo en nuestra historia reciente.

Hace treinta años el nacionalismo catalán era un regionalismo mayoritariamente federalista alejado de posiciones radicales, quedando el independentismo reservado a un pequeño porcentaje de la población con reivindicaciones identitarias. Sin embargo, durante las últimas décadas se popularizó el argumento de que Cataluña, con unos datos macroeconómicos muy superiores a la media española, le estaba pagando la fiesta a sus compatriotas pobres del sur. El famoso «España nos roba» cuajó en todos los estamentos sociales gracias a una elevada presión fiscal y a la carencia de inversiones estatales en infraestructuras públicas, en especial en las más usadas en términos de población y frecuencia como carreteras y autovías. Los catalanes asimilaron un agravio comparativo, patente cada vez que abonaban los peajes de caras autopistas de pago mientras le llegaban noticias de modernas infraestructuras públicas construidas en otros lugares de España. En los sistemas capitalistas occidentales, el sesgo económico siempre debe ser tenido en cuenta para explicar tendencias sociales y, en este caso, muchos politólogos coinciden en señalarlo como el verdadero motor del separatismo catalán.

Ahora nos ha llegado el ejemplo a Galicia, donde tenemos un nacionalismo identitario histórico, unos indicadores económicos que nos sitúan en mejores tasas de crecimiento que la media española y un clima de hartazgo generalizado con la AP-9, una infraestructura vital que une cinco de las siete ciudades más pobladas de nuestra comunidad, y cuya única alternativa (N-550) ha sido una fábrica de multas y muertos.

Si a esto sumamos las constantes subidas de peajes cuando otras autopistas españolas están siendo liberadas, la expansión hasta 2048 de una concesión que salpica a izquierda y derecha, y la habilidad del nacionalismo gallego para detectar el filón, ¿qué creen que va a ocurrir en los próximos años? A lo mejor es el momento de que los autoproclamados «políticos de Estado» tomen conciencia de los factores diferenciales que definen tendencias electorales a largo plazo y empiecen a contemplar instrumentos legales para detener este expolio. Si no lo hacen por convencimiento, que al menos sea por habilidad estratégica y capacidad de anticipación, porque al pueblo gallego pronto se le agotará la paciencia y comenzará a prestar más atención a discursos rupturistas. A veces el futuro se puede consultar en la hemeroteca.