Gran parte de la tarea de los dirigentes del PP está dedicada a rebatir y alejarse de la corrupción de su partido. No hay día en que no tengan que hacer frente a acusaciones de prácticas indeseables en la sede de Génova. Y así va a seguir la cosa, más ahora que acaba de iniciarse un juicio que se prolongará varios meses, y en tanto en cuanto Luis Bárcenas no encuentre mejor entretenimiento.
La situación se dilatará hasta el fin del mundo de no asumir los dirigentes populares lo ocurrido. A lo hecho, pecho. Hay sentencias, y puede que vengan otras, que acreditan la existencia de prácticas corruptas en el seno de la formación. Y ante tal evidencia, Casado y los suyos se parapetan en que quienes las realizaron ya no están en el partido y que ese no es el PP actual. O en la peregrina idea de que se trata de una «estrategia del PSOE y otros partidos».
¿Las copas de Europa que ganaron los chicos yeyé, son del Real Madrid o no? Porque tampoco quedan dirigentes de aquel entonces en el club. ¿Niega la Iglesia católica la existencia de papas malditos? No. La asume, la condena y lo lamenta. Que es lo que debía hacer la actual dirección del PP para acabar de una vez por todas con la pesadilla que arrastra y con el rosario de acusaciones, réplicas y discusiones.
Casado camina con un lastre que no le deja avanzar. Porque a cada paso que da se ve obligado a hacer desmentidos. Desmiente que el PP actual sea el mismo de la corrupción cuando comparte siglas, sede y proyecto. No se molestó en refundarlo. O en abandonar Génova, 13. Ni tampoco afronta las evidencias con decisión. Es la herencia. Un nuevo PP que sucedió a un viejo PP.
El día que Casado diga algo así como que «aunque algunos se hayan equivocado, este es un gran partido. A nosotros nos toca pedir disculpas y colaborar para aclarar lo que otros hicieron; tomar medidas para que no vuelvan a repetirse y saber trasladar al conjunto de los españoles nuestra apuesta de futuro», se habrá despojado de un pesado corsé que lo asfixia. Y entonces sabremos que estamos ante un líder que asume responsabilidades. Que es lo mínimo exigible a quien pretende ser un líder.