No hace falta estrujar la imaginación para intuir cómo se transforma la vida por la amenaza de una toxina diminuta. Con mirar alrededor es más que suficiente. Con el mismo estupor con el que ahora se han ido asimilando las restricciones cotidianas, la pequeña ciudad británica de Salisbury afrontó hace tres años un confinamiento propio que, sin saberlo, sería precursor de todo lo que hoy es ya familiar. Locales cerrados, temor a salir a la calle y mucha improvisación por parte de las autoridades que imponían medidas preventivas que los ciudadanos encontraban difíciles de asumir. Lo cuenta a la perfección la serie Muerte en Salisbury, que gira en torno al primer atentado en suelo europeo con Novichok, el agente nervioso de fabricación rusa con el que intentaron asesinar al espía doble Skripal y a su hija y ahora utilizado de nuevo contra el líder opositor Navalny. El envenenamiento y la trama criminal que hubo detrás podrían armar por sí mismos una ficción interesante, pero estos cuatro episodios no ponen su foco ahí. Sus elementos resuenan en esta era de pandemia. En lugar de entrar en el juego de los espías, la historia se centra en cómo ciudadanos corrientes sortearon una crisis de salud pública en la puerta de casa. Aquí el suspense no es el asesino agazapado en la oscuridad y preparado para disparar, sino la huella letal que se deposita en un interruptor, en un vaso, en un pomo de una puerta.