A pesar de que el señor Villarejo, el comisario de policía más famoso de la historia de España, dice que lo han maltratado, y a pesar del ojo de pirata, no salió de la cárcel con mala pinta. Hemos visto que se mantiene enhiesto y no con esas trazas encorvadas de Rasputín pillado por los periodistas en la calle, como si viniera de perpetrar una grabación clandestina. Se muestra afable, intenta incluso ser seductor con los periodistas y no huye de ellos porque quiere proclamar que, como policía, es comisario y, como delincuente, es presunto. Transmite una sensación de firmeza que, si yo fuese juez, me daría reparos interrogarle. Un policía que dice que «las cloacas no generan mierda, la limpian» no es un policía cualquiera. Tiene el aire de misterio de un extraterrestre que acaba de aterrizar en Estremera.
Un policía que dice que «las cloacas no generan mierda, la limpian» no es un policía cualquiera. Tiene el aire de misterio de un extraterrestre que acaba de aterrizar en Estremera.
Posiblemente huela después de usar la escobilla, pero está seguro de su trabajo. He ahí el monstruo que el Estado creó y dejó que creciera, y ahora el Estado depende de él y de sus papeles y no sabe cómo desintegrarlo. Una alta personalidad me dijo un día que, si se pusieran en papel todo lo que el señor Villarejo tiene en material informático, ocuparía una docena de camiones tráiler. Hay tantas decenas de miles de folios en su sumario, que el juez necesita todavía más meses para estudiarlos después de cuatro años. Lo decía ayer la juez decana de los juzgados de Madrid: el caso Villarejo es de una gran complejidad. He ahí el hombre que atesora más secretos. He ahí una grabadora con un ojo tapado, pero tiene el otro libre para apuntar y disparar. He ahí la perversión, pero la leyenda. Solo una leyenda convoca tantas cámaras y micrófonos. Solo una leyenda ocupa tanto espacio en los telediarios.
Ahora, en libertad provisional, media clase política y media clase financiera se ponen a temblar cuando recuerdan que Villarejo es sinónimo de grabación de confidencias. Este cronista, personalmente, lo ha visto como al coronavirus: quien no haya mantenido la distancia de seguridad, quien no lo haya saludado con el codo y quien no se lave frecuentemente las manos, seguro que está contaminado. De ahí el repelús que produce su salida de prisión. Que se lo pregunten a Corinna Larsen, cuya conversación con este policía, con Juan Villalonga por medio, terminó con el rey Juan Carlos en Abu Dabi.
Es de temer que este hombre aprovechará el tiempo para hacer justamente lo que trata de impedir la prisión preventiva: la destrucción de pruebas o la recuperación/aportación de documentos para el chantaje, que debe de tener unos cuantos, y es otra de sus especialidades. Y el problema que deja planteado es cómo se pueden tardar cuatro años en una instrucción judicial, aunque haya habido instrucciones que duraron el doble, y la posible causa de tanto retraso: por qué tantos asuntos y tan complejos tiene que instruirlos el mismo juez.