Estamos ante lo que podríamos llamar una política hiperactiva, porque antes de salir de un lío ya nos hemos metido en otro. Ahora estamos en el turno de desencuentros del PP y Ciudadanos en Murcia y Madrid. Unos espacios en los que el juego político, en vez de engrandecerse, decrece al nivel de un juego de patio de colegio. Es lo que hay, y es una lástima, porque parece que nunca vamos a crecer.
El PSOE y UP tampoco se cansan de reformular, reorientar y reconstruir su coalición. Los socialistas han repetido por activa y por pasiva que los podemitas «no pueden ser oposición y Gobierno a la vez». Así se lo ha dicho hace poco Adriana Lastra, portavoz parlamentaria del PSOE. «Tenéis que elegir», les reiteró. Pero Iglesias ni se ha dado por aludido, quizá porque su propósito es justamente el contrario: «Ser Gobierno y oposición a la vez», como forma de crecer y marcar huella de identidad. Estos son solo dos de los dobles juegos ahora en marcha. Iglesias quiere liderar el flanco a la izquierda de un PSOE que se presenta una y otra vez como la izquierda real, pero que no se decide a cubrir todo ese espacio por temor a perder presencia por el centro. Algo que aprovecha UP para ubicarse a la izquierda del espectro político.
¿Es posible que el PSOE y UP acaben por entenderse de un modo satisfactorio para sus líderes? Sí, es posible, pero no es fácil, porque cada uno tiene en su cabeza unos programas y unos modelos de liderazgo no coincidentes. Y su confrontación aflorará. Porque ni uno ni otro estará satisfecho con los resultados. No hablan de un mismo modelo de Estado, ni de una misma orientación política. Pero tratarán de aplazar las discordias, aunque esto no siempre sea posible con Cataluña de por medio.
Vista la realidad desde la perspectiva del PP y Ciudadanos, también puede ocurrir que el centroderecha español no logre acuerdos solventes. De fracasar en esto, podrían empezar una larga travesía del desierto. Decía el sabio Confucio que «el hombre que ha cometido un error y no lo corrige comete otro error mayor». Aquí, el vencedor será el que cometa menos errores y corrija antes sus desaciertos. En esta partida juegan con nuestro futuro todos los políticos actuales. Incluidos los de Vox, por cierto.