Si buscamos el término amistad en un diccionario podemos encontrarnos con una definición que diga: «Afecto desinteresado y recíproco entre dos o más personas». Si reflexionamos en lo que es la amistad hemos de pensar con más detenimiento para acercarnos a su profundo significado.
Quizá estaremos de acuerdo en situar su descubrimiento en la adolescencia, cuando ya disponemos de una intimidad que compartir, de un mundo propio que está en proceso de constitución; será entonces cuando se sienten las bases que permitan levantar las dos o tres columnas que serán nuestros dos o tres amigos «para siempre». Descubriremos el anhelo, que va a ser una característica de la vida humana, el afán por hilvanar un proyecto de vida, orientar una vocación.
Podemos conocer personas con capacidad de ofrecer luz sobre nuestro interior, que nos ayuden a saber qué sería deseable llegar a ser. Roland Barthes, al referirse a la amistad, hace referencia al sonido: «¿No se puede definir la amistad como un espacio de sonoridad total?». Pero también podríamos referirnos a la luz, preguntarnos si acaso no hemos visto una luz cada vez que apareció en nuestra vida alguien que se iba a convertir en amigo; una especie de claridad o libertad, una aspiración, un cierto camino. Quizá por eso resulte insuficiente definir la amistad como relación de afecto, ya que no solo es algo psíquico sin también moral, un bien a incorporar.
La amistad, como lo era para Aristóteles, es virtud, por la capacidad que tiene de producir un buen efecto en nuestras vidas; «capacita para pensar y actuar», nos dice. Homero se sirve de la imagen «dos marchando juntos» para referirse a ella, porque exige un cierto grado de preferencia; por eso son dos.
Queremos ser únicos para nuestros amigos porque solo ellos son capaces de mostrarnos, para que la contemplemos, nuestra propia exclusividad. Aristóteles la considera imprescindible para la vida y más importante que la justicia. Esto nos lleva a pensar que si los seres humanos fuesen amigos no habría necesidad de leyes, porque se produciría la relación justa entre ellos que, como nos dice Julián Marías, es una característica de la amistad, el equilibrio espontáneo en el trato, a diferencia de la relación amorosa que tiende a la desmesura y al descontrol.
La amistad es un regalo que va más allá del bien moral porque incluso los malos necesitan amigos para confirmarse en el camino elegido o para orientarse en otra dirección.