Deterioro y derribo institucional


Los servicios informativos de Onda Cero hicieron un sondeo singular entre sus oyentes: «¿Creen ustedes las encuestas del CIS?», les preguntaron. La respuesta fue demoledora: el 94 % de los que contestaron no las creen. Supongo que el señor Tezanos despreciará olímpicamente ese estudio, porque no tiene nada de científico. Es un puro juego de entretenimiento de la emisora para interactuar con la audiencia. Pero, si el sondeo no tiene solvencia demoscópica, sí tiene el valor de la expresión de un cabreo de la sociedad con uno de los organismos oficiales más activos y conocidos de las administraciones públicas. Han sido tantas las críticas a sus barómetros, a la personalidad de su director por pertenecer a la ejecutiva del PSOE y a la propia existencia del CIS, que se puede decir que las tertulias arruinaron la institución.

Este cronista es de los que todavía creen en el CIS, valora la talla de Tezanos y reconoce que el CIS no es perfecto, pero tuvo aciertos. Por ejemplo, cuando fue el primero en anunciar la mayoría absoluta de Núñez Feijoo en las últimas elecciones o al clavar el resultado de las elecciones catalanas. Desde que Pedro Sánchez gobierna, a veces me produjo la impresión -y lo dije aquí- de que daba los resultados que interesaban a la estrategia socialista: subía a Ciudadanos cuando Inés Arrimadas se acercaba a Sánchez, castigaba al PP cuando se ponía radical, o subía a Vox para asustar a Pablo Casado. Pero era una impresión personal. La misma que ahora, cuando Tezanos parece poner el centro al servicio de la necesidad de movilizar a la izquierda ante las elecciones de Madrid.

Lo alarmante es el síntoma. Asistimos al espectáculo del deterioro y derribo de organismos e instituciones fundamentales para el sistema democrático: el Tribunal Constitucional, que parece desactivado y llegaremos al final del estado de alarma sin que se haya pronunciado sobre los recursos de inconstitucionalidad que se presentaron; el Consejo del Poder Judicial, ahora maniatado para cubrir vacantes de jueces; el Defensor del Pueblo, también imposible de renovar por ausencia de diálogo político; el Congreso de los Diputados, carente de la mínima sensibilidad, como se demostró en la aprobación de las mascarillas en la playa; los propios partidos políticos, víctimas de una crisis de eficacia y representatividad…

No hace falta seguir con la lista. Pero sí es preciso abrir un debate sobre las causas y los responsables de ese deterioro orgánico e institucional. Los podemos encontrar, quizá, en los medios informativos, que no pueden ocultar la atracción del derribo. O en una parte de la sociedad civil, que asiste impasible a la demolición, quien sabe si anestesiada por la pandemia. Y, desde luego, en las estructuras de poder. Si todo esto se produce bajo un determinado Gobierno, ese Gobierno tiene alguna responsabilidad.

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