Del fascismo

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Cadena SER

Señalaba el escritor y académico francés Jean-François Revel que si el fascismo y el comunismo solo hubiesen seducido a los imbéciles, habría resultado mas fácil librarse de ellos. Y parece complicado cuando renacen -«comunismo o libertad», «fascismo o democracia»- como ejes propagandísticos de la campaña electoral en los inmediatos comicios autonómicos madrileños. Aunque el nivel de saturación para los resignados electores comienza a ser insoportable, el uso y abuso de los términos de las viejas ideologías los convierte en lenguaje envejecido y desgastado.

La voz fascismo se ha convertido en un adjetivo coloquial, en un insulto leve que no llega a la categoría de exabrupto o palabrota. Ha sido un neo-comunista como Pablo Iglesias quien ha exhumado el término que ya es popular entre los usuarios de las terrazas de Madrid, y entre los automovilistas que se insultan en las rotondas y en los cruces de las carreteras. Vox, el grupo político de extrema derecha, es la diana a la que se dirigen todos los dardos, y en su contra Iglesias convocó con relativo éxito una «alerta antifascista» y un «cordón sanitario» para impedir su apoyo a un probable gobierno de Madrid presidido por la popular Isabel Díaz Ayuso.

Ni los fascistas de Abascal van a convocar una nueva marcha sobre Madrid, como la que llevó a Roma a principios del siglo pasado a Mussolini mientras miles de camisas negras cantaban Giovinezza, ni los comunistas de Iglesias van a llenar la Gran Vía o Vallecas con pancartas del «no pasarán». Hoy los fascistas españoles no tienen todos el pelo engominado, ni el bigotito recortado. Los hay con moño y coleta, señalando a la prensa libre como una secta de enemigos de la libertad. El fascismo y el comunismo, por muy revisitado que esté en sus nuevas lecturas de puesta al día, son solo un estado de ánimo muy cercano a la nostalgia que el tiempo ha ido puliendo. Hoy ni Ezra Pound, ni D'Annunzio, ni Céline escribirían una línea apoyando el caduco movimiento.

Resulta absolutamente tan falsa como tendenciosa la propagación de bulos como argumento de campaña. Madrid ahora mismo es la central española de fakes con mayor densidad por metro cuadrado, una suerte de buloland con improbables y exageradas confidencias que ponen en peligro la estabilidad emocional de los madrileños. Difundirlos y propagarlos es, eso sí, un peligroso ejercicio fascista, del viejo y caducado fascismo de siempre. Cuanta razón tenía Revel.