El primer mundo se encuentra con capacidades sanitarias para hacer frente a la pandemia. También Europa, con los fondos para la reconstrucción, o los Estados Unidos de América, con el ambicioso plan de Joe Biden, cuentan con instrumentos para hacer frente a los destrozos económicos derivados del coronavirus.
Un año después de que haya cambiado la vida, gracias a las vacunas, allá por San Roque pondremos freno a la enfermedad y al dolor, con independencia de alarmas, libertades, responsabilidad ciudadana o buenos y malos gobiernos. Muertos y enfermos en el balance, en uno de los mayores y más indecentes desencuentros políticos en torno a la gestión de una pandemia que hayan conocido los tiempos. Al parecer a eso se le llama, en este siglo XXI, política.
Pasado el San Roque viene la segunda parte: las estrategias y las políticas relativas a los fondos europeos. Es obvio que, además de las comisiones de sabios que merodean por la política, se necesita negociación, liderazgo y gestión pública. Sánchez y su gobierno al parecer tienen un plan que enfatiza la transformación de nuestra economía hacia la sostenibilidad que concentra el 25 % de los fondos a recibir por España. Pero uno asiste con desasosiego a la falta de objetivos y sistemas de gestión definidos y consensuados. Pues no parece suficiente debate un documento interminable sin un foro político de concertación para definir nuestra hipotética nueva estructura socioeconómica, quizás en una de las últimas oportunidades de solidaridad de la UE 27.
Uno no piensa que Draghi en Italia, o António Costa en Portugal, o el Gobierno griego tengan mayores capacidades tecnocráticas para dar respuesta a las exigencias de la UE para recibir fondos comunitarios, fondos finalistas y con compromisos claros; pero sí tienen capacidad de liderazgo y negociación, que lamentablemente no utilizan Pedro Sánchez y sus contrapartes, llámense Pablo Casado o los presidentes autonómicos. Y esa falta de liderazgo y de negociación lastran las de ya por si difíciles estrategias a desarrollar por un sistema económico maltrecho, de débil industrialización, y enormemente dependiente del sector servicios. Un sistema económico que en sus deficiencias estructurales principales ha sido analizado recientemente por la ministra Ribera, pero que sin embargo no se articula con las comunidades autónomas en muchos de sus extremos, y presenta deficiencias en la movilización y transformación de sectores industriales como los de automoción, energía, viviendas o las políticas del agua, donde los programas -a falta de consenso- son generalistas y sin articular con las comunidades autónomas o los grandes grupos empresariales motores. Y esta falta de liderazgo y consenso se observa en los gobiernos autonómicos con sus oposiciones, amparándose en los técnicos (sic) o en la colaboración público privada, uno de los grandes enigmas para la gestión de lo público junto a las anémicas y desarticuladas administraciones públicas, en las que nadie piensa. De San Roque a Santa Rita, la de los imposibles, ahí andamos.