Mucho se habla del enemigo francés, que a España costó tantos disgustos, pero lo que llevamos pegado al casco del barco como una rémora desde hace 150 años es el vecino tocapelotas del otro lado del Estrecho. Nuestros anteriores jefes de Estado, Franco y el Borbón, eran amigos de moros y árabes, a los que trataban como hermanos. El dictador andaba con una guardia pretoriana mora, como el sátrapa guineano, que teme a su propia gente. Pero el pueblo español cantaba: «Melilla ya no es Melilla, Melilla es un matadero, donde van los españoles, a morir como corderos». Y eso que lo peor estaría por llegar: El desastre de Annual, del que este verano se cumplirán cien años. Allí los cabileños del Rif, comandados por Abd el-Krim, destriparon y mutilaron a diez mil españoles, dejando sus despojos a los buitres. Se salvaron algunos jefes y oficiales que quedaron presos y costaron a España un alto rescate. Alfonso XIII, el rey que había jaleado la chapuza militar, dijo entonces aquello de lo cara que estaba la carne de conejo. Ahora sobre este tema me llega un libro recién salido del horno que me fascina y me inunda de una profunda tristeza: El vuelo de los buitres, de Jorge M. Reverte, escrito desde las secuelas de un ictus en colaboración con Sonia Ramos y M'hamed Chafih. Un libro increíblemente bien documentado sobre la carnicería. Un escenario decadente, equivocado y corrupto. Pero es un libro póstumo, porque Jorge se murió hace dos meses. Y el desastre, para mí, se hace más personal.