Ahora resulta que la barra de bar y pub, ese territorio prohibido por la pandemia, se ha convertido en una especie de erra incognita de la que surgen los peores monstruos. Dadme una copa y moveré el mundo hacia la parte de las tinieblas. «Íbamos borrachos», dicen. Y ya sabes lo que pasa, te encontrarás dragones. La causa y el efecto. El alcohol y el desfase como excusa para perseguir y matar, como instrumento para limpiar las penas del delincuente o para culpar a la víctima, que también ocurre. Apunta un compañero, ferviente seguidor del método científico, que si la borrachera tuviera como consecuencia automática el crimen y las masacres, la humanidad ya se hubiera extinguido hace muchos años. Y a veces cuesta mucho pensar que no merezcamos la extinción. El relato de Alberto Mahía sobre Carmen y Laura, a las que Samuel Luiz atendía en Padre Rubinos, genera sentimientos desgarradores por contradictorios. Por un lado reconcilian con el mundo, con cierto mundo. Por el otro, abren un pozo de pena infinita que lleva a esa sensación de que, tras siglos de civilización, seguimos cultivando bestias. Fogonazos de luz en un cuarto a oscuras. Ellas, contando cómo él les elegía pendientes y collar a juego, cómo les pintaba los labios aunque llevaran mascarilla... Es desalentador comprobar cómo ese delicado universo de rutinas en el que flotan varias vidas se rompe en solo unos minutos de furia.
Dicen que iban borrachos, pero con el entendimiento y la agilidad suficiente para convertirse en cazadores, señalar a su presa y sentenciarla a muerte. Iban borrachos. Pero de odio, de manada. Y es aterrador.