Brujas en el Congreso

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

Alejandro Martínez Vélez | Europa Press

23 sep 2021 . Actualizado a las 09:08 h.

José María Sánchez, diputado de Vox, juez en excedencia y diplomado en Letras, montó una zapatiesta en el Congreso al llamarle «bruja» a la socialista Laura Berja. Gómez de Celis, que ocupaba la presidencia de la cámara en ese momento, le exigió de inmediato que retirase el insulto y, ante la triple negativa, ordenó su expulsión. El diputado Sánchez se negó también a abandonar el hemiciclo y hubo que suspender la sesión hasta negociar un acuerdo: el diputado retiraba la palabra y se mantenía en su escaño.

A mí, qué quieren que les diga, la postura de Gómez de Celis me pareció en esta ocasión un pelín intransigente. Otros insultos no menores que este se escuchan en el Congreso y pasan sin pena ni gloria mediática. Tal vez, al escuchar el improperio, el presidente debió exigirle al diputado Sánchez: ¡Explíquese! Y darle un turno de palabra, para que nos ilustrase si al tildar de bruja a Laura Berja pretendía ultrajar a la mujer o injuriar a la socialista. O a ambas.

Que el insulto es misógino resulta evidente. La brujería tiene sexo femenino. En los cuentos infantiles, la bruja es la mujer fea y malvada que vuela montada en una escoba. En los anales del Santo Oficio, mujeres que pactan y copulan con el diablo, quien les proporciona poderes mágicos y capacidad de realizar sortilegios y meigallos. Su destino era el lóbrego calabozo o la hoguera. Como el de nuestra legendaria María Soliña, juzgada y torturada a los setenta años en el pazo de la Inquisición de Santiago de Compostela. La propia Biblia, en el Éxodo, establece la pena de muerte para las brujas: «Las magas no las dejarás vivir» (fue Lutero quien ofreció la traducción correcta del pasaje bíblico: «Magas» y no «magos).

Adviértase que no hay brujos machos malvados y feos. El brujo, en determinadas culturas, es el hechicero que utiliza sus poderes en beneficio de la tribu. Nunca escucharemos al diputado Sánchez llamar brujo a un diputado, a no ser como elogio. El entrenador Arsenio Iglesias se convirtió en «O bruxo de Arteixo» por merecimientos propios. El Brujo por antonomasia es Rafael Álvarez, actor y dramaturgo que estos días representa con gran éxito El alma de Valle-Inclán. La palabra brujo tiene connotaciones admirativas, la palabra bruja indica menosprecio. Pasa lo mismo que con zorro y zorra. El diputado Sánchez, con su poblada barba de talibán, la utiliza porque es machista confeso. No hace mucho, tras llamar «chillona gallega» a la diputada gallega Ana Vázquez, lo reconoció sin ambages: «Sí, ya sé que esto es machismo. Pero está aquí doña Cuca, que puede salir luego a decírmelo».

Su misoginia está probada y su protofascismo se le supone. Por eso, y porque al diputado Sánchez no le dejaron explicarse, me queda la duda sobre la proporción entre ambos ingredientes. Cuánto hay en su insulto de aversión a las mujeres y cuánto de caza de brujas. Aunque posiblemente tal distinción solo tenga interés retórico, porque Vox nos ofrece todo en el mismo paquete: el sexismo y el macartismo. El menosprecio de la mujer y la denuncia y persecución de la conspiración sociocomunista.