Sed de silencio

José Francisco Sánchez Sánchez
Paco Sánchez EN LA CUERDA FLOJA

OPINIÓN

J.M. CASAL

Pensaba que la vida eremítica había casi desaparecido y, por lo visto, lleva algún tiempo repuntando: hombres y mujeres que huyen de las ciudades en busca del silencio y la paz, como si temieran que tanto ruido pudiera ahogarlos. Vuelven los ermitaños, ascetas de imagen amable y frugal que imagino casi siempre con barba, aunque ahora también hay algunas mujeres. Esa manera de vivir el cristianismo, la huida a la soledad del desierto o de los montes, nació pronto, hacia el siglo III. Un fenómeno similar se registra en casi todas las grandes religiones asiáticas: en el hinduismo y en el budismo, por ejemplo. Y también en ellas parece darse un rebrote notable.

Habrá quien piense que se trata de formas de escapismo ante un mundo que perciben como crecientemente hostil e incomprensible, como si quisieran vivir menos, arriesgar menos y que les dejen tranquilos. Pero estas personas, al igual que las chicas que llenan a rebosar ciertos conventos de clausura, no quieren vivir menos, sino más. Como Teresa de Jesús, a quien celebramos ayer. Mujer de inteligencia preclara, gran escritora, con una simpatía y unas dotes de gobierno descomunales, la gran reformadora carmelita era una monja de clausura y sigue ejerciendo una influencia asombrosa cuatrocientos años después de su muerte y no solo en España.

Los escapistas son otros y viven mucho menos, a veces encerrados en sus cuartos o en sus cascos, acaso porque nadie les ha mostrado que vivir la vida es otra cosa, mucho más apasionante, mucho más cercana al amor y a la belleza, mucho más serena, mucho más cercana al silencio que al barullo alcoholizado. Una vida mucho más plena con la que los demás pueden contar.

@pacosanchez