Exámenes: otra ceremonia de la confusión
OPINIÓN
Pidiéndome alguna reflexión sobre el decreto a través del que se eliminan de los exámenes de septiembre en la ESO aporto un decálogo de urgencia:
1 .¿Cuántos de los que se posicionan a favor o en contra lo hacen siguiendo una consigna sin haberlo leído y meditado? ¿Saben que este real decreto es coherente con la Lomloe recién aprobada y que de cuestionar algo tendría que serlo aquella?
2. Es esta otra oportunidad perdida para avanzar hacia un pacto por la educación.
3. Afortunadamente la mayoría de los profesores saben lo que tienen que hacer; salvo algunos sumisos, los más son reflexivos y críticos y están en condiciones de adaptar (que no adoptar) cualquier norma parida en los despachos a las necesidades de los estudiantes y a las condiciones institucionales y sociales de sus centros.
4. Sorprende la polarización que una medida como esta genera en los padres, desubicados unos y otros bien por sobreproteger o bien por promocionar a sus hijos. Menos mal que la mayoría son sensatos.
5. No cabe ignorar que este asunto del real decreto nos confronta éticamente respecto a la máxima meritocrática del «tanto rindes tanto vales». Planteado en esos términos, la trifulca daría paso a un diálogo razonable, que buscaría mantener el equilibrio entre una orientación de la escolarización para nutrir el mercado de trabajo, y otra más centrada en el desarrollo integral de los estudiantes. Ambas juiciosas, pero con peso distinto según el nivel educativo.
6. Urge una mínima cultura didáctica en la ciudadanía. Lo que sigue va sobre eso. Hay que saber que rendir y aprender no siempre van de la mano; pregunto: ¿alguien sacó alguna vez una buena calificación pero no aprendió nada? Asimismo, la evaluación continua no es hacer exámenes continuamente.
7. Hay que saber discernir entre evaluación y examen; este es solo un recurso para aquella. Dar respuestas de memoria o por rutina sobre contenidos y ejercicios descontextualizados y carentes de sentido en uno o varios exámenes finales en los que te lo juegas todo, no es de recibo por la pobreza cognitiva y la sumisión moral que suelen generar.
8. El modelo de enseñanza basado en competencias (confuso en el currículo vigente y pervertido con los estándares de aprendizaje), reclama algo tan sencillo y sensato como desarrollar de manera integral conocimientos (contenidos disciplinares), habilidades (de pensamiento, sobre todo), y actitudes y valores (no conductas sumisas), para saber resolver problemas complejos en su contexto. En coherencia, una metodología por proyectos o de aprendizaje basado en problemas, es la estrategia adecuada para evaluar, no un examen academicista al uso. Conste que el real decreto no garantiza esto.
9. La educación obligatoria incluye dos niveles educativos (primaria y ESO) con valor en sí mismos. No son un preparatorio para la etapa siguiente. En ese nivel el currículo debe adaptarse a las posibilidades de aprendizaje de los estudiantes. No así el Bachillerato, que es un preparatorio para la universidad, y por eso es el estudiante el que debe adaptarse al currículo. Lo que no cabe es que la cultura del Bachillerato intoxique a la educación obligatoria.
10. La evaluación no es medición sino un juicio sobre el valor o el mérito de algo. Tiene valor un resultado acertado, pero tiene mérito haberlo intentado e ir mejorando progresivamente. Sin duda, el reivindicado valor del esfuerzo se da en ambos casos. Por tanto, no nos engañemos, no es el esfuerzo sino el éxito lo que se premia; algo que en los niveles iniciales está asociado al origen social, salvo que la escuela asuma con rigor los principios de equidad y de inclusión educativa.