Quizá el presidente Sánchez está descubriendo que tiene mucho más poder del que creía y, a la vez, que sus socios tienen más poder sobre él del que jamás pensó consentir. Creo que esto explica algunas manifestaciones de alegría de sus aliados y muchas de las expresiones desangeladas del presidente. Porque Sánchez sabe a quién necesita para gobernar y, por lo tanto, también sabe a quién debe consentir lo que, tal vez, no quisiera tener que admitir o soportar.
La sensación de que cada uno manda por su cuenta y en un espacio político propio tal vez acabará por ser demoledora para el presidente, quien, sabedor de ello, lidia como puede con las circunstancias y sacrifica peones para apuntalar el afecto de sus socios lejanos y contener sus excesos. Como ya dijo Maquiavelo, «los hombres ofenden antes al que aman que al que temen». Y Sánchez parece temer más a sus aliados que a los militantes descontentos de su propio partido.
La realidad es que el presidente del Gobierno hace lo que han hecho y siguen haciendo muchos otros políticos en el mundo: lograr lo que el politólogo Noam Chomsky denomina «la acumulación del poder ejecutivo», algo que, dicho sea de paso, este mismo autor critica con severidad. Pero nuestro Sánchez no es de esta escuela, seguro, aunque tal vez sí lo sea, en alguna medida, de la del ya citado Maquiavelo.
Vivimos unos tiempos políticamente extraños en los que es difícil averiguar hacia dónde nos estamos —o nos están— dirigiendo. Y es que, en este trance, dirigir no es fácil. Porque los intereses de unos y otros no siempre coinciden y, por lo tanto, no les conviene dejar ver que concuerdan o encajan con facilidad. Porque cada uno quiere engordar sus filas con sus propios logros programáticos.
Es una etapa de difícil gobernanza, con cada partido tratando de engrosar sus filas; lo cual, por cierto, no deja de ser lógico y razonable. Lo que quizá ya no es tan lógico y razonable es el precio que a veces se paga por conseguir visibilizar esos éxitos (reales o ficticios). En estos casos, la política parece haberse convertido en ardid o añagaza para sustento de fieles y simpatizantes.
Dicen muchos que Pedro Sánchez se ve en la necesidad de hacer concesiones porque no tiene una mayoría absoluta. Y esto es verdad.
Pero, ¿hasta dónde puede llevar sus concesiones sin perder identidad? Me refiero a la identidad del PSOE, ese gran partido cargado de historia que, a estas alturas, no debiera de jugar con el significado y la ideología socialdemócrata que lo sustenta. Porque puede llegar el día en que no consigamos entender sus decisiones ni sus mutantes propósitos.