La inercia nos lleva a que una holgada mayoría liberal-conservadora, integrada por PP, Vox, Ciudadanos, media docena de teruelesexisten, y con apoyos del PNV, que —como las patatas y el huevo— está en todas las tortillas, acabe formando un Gobierno tripartito PP-Vox-Cs, sin mayoría suficiente, e investido por una algarabía Frankenstein —no sé si light o hard—, que forzaría a PP y Vox a pelearse por el papel de salvador de la patria. Inés Arrimadas tendría la oportunidad de crear una marea centrista, transversal, sin partidos ni egos, y de ideología difusa, para darle el sorpasso a Casado y Abascal, y ser la primera inquilina de la Moncloa. Y los teruelesexisten, que acudirían a Valencia para arropar el proyecto Arrimadas, podrían olvidarse de España, que ya es ropa vieja, para centrarse en sus numerosas taifas, mantener al Gobierno bien trincado, y conseguir llenar este país vaciado con cutres exposiciones de productos regionales (quesos, miel, vinos y una ermita románica), y con algunos prescindibles trocitos de Administración central desgajados del Madrid de Isabel (Ayuso).
Por eso, dado que las inercias están establecidas, conviene preguntarse si este fatal destino es evitable, o si estamos condenados a sublimarnos en dos bloques Frankenstein que se turren entre sí coma os carneiros. La respuesta a esta pregunta es que la fatalidad de una derecha Frankenstein es muy fácil de evitar, porque para hacerlo bastarían tres destellos de sentido común, o tres chispazos de lógica política, que a continuación les refiero.
El primero serviría para que Ciudadanos se disolviese dignamente, diese explicaciones inteligentes de tal suceso, apelase a los mensajes del electorado para tomar esta «dolorosa» y patriótica decisión, y prometiese —¡faltaría más!— que su convicción centrista sería más inextinguible, si cabe, que un pebetero de honores en la tumba del soldado desconocido. El segundo destello debería servir para que el PP premiase este paso con generosidad, aprovechase a Arrimadas y Bal en lo mucho que valen, presumiese de tener en sus filas a las dos mujeres —Isabel e Inés— con más atractivo político, y formase de una vez un shadow cabinet, al estilo británico, que le ayudase a exhibir el músculo político de su alternativa, en vez de mostrar la grasa que brota de las continuas regueifas parlamentarias y mediáticas a las que ahora se dedican. El tercer chispazo debería servir para que Vox volviese al redil, para que dejase de diferenciarse del PP a base de artificiales exageraciones que solo sirven para alimentar al bloque izquierdo, y para que Abascal pudiese ostentar un puesto de Estado, con más honores que deberes, para recibir una jubilación honrosa y remunerada de la patria agradecida.
Pero, ¿es posible tanta felicidad? Creo que no. Porque, aunque la teoría es fácil, y todos saldrían ganando, me temo que en la derecha hay tres egos casi tan grandes como el de Yolanda Díaz. Y eso hace que todos prefieran ser cabezas de ratón, antes que colas de león.