La Navidad y el guardia de la porra

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

Salvador Sas | Efe

19 dic 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuando era niño —hace ya mucho tiempo—, por estas fechas los guardias de tráfico recibían en sus puestos de los cruces de las calles, porque todavía no se habían implantado los semáforos, la felicitación de los vecinos por medio de regalos, generalmente botellas, que se iban acumulando sobre la calzada. Los timbres de las puertas de las viviendas sonaban con la visita del barrendero, que pedía el aguinaldo a cambio de una tarjetita azul celeste que decía «El barrendero le felicita las fiestas» y tenía el dibujo de un abeto. El día 22, en los aparatos de radio de las viviendas, de los comercios, de las oficinas, sonaba la cantinela de los niños de San Ildefonso, que cantaban la lotería. La canción infinita sonaba por toda la ciudad. Normalmente hacía frío y los niños llevábamos mitones en las manos y respirábamos un vaho que parecía cosa de magia. Y traíamos la cabeza llena de preocupaciones relacionadas con la carta a los Reyes Magos, porque nos arrepentíamos y queríamos cambiar o porque temíamos pecar de ambiciosos en nuestras pretensiones. En Nochebuena se cenaba capón o besugo y de postre turrón del duro y peladillas, que hacían peligrar la dentadura de los adultos. Y se bebía cava catalán y sidra-champán El Gaitero, famosa en el mundo entero.

Hoy, al guardia de la porra las botellas le contarían como pago en especie, y al barrendero su aguinaldo como dinero negro. Hoy a los niños de San Ildefonso, con el cambio de moneda, les sale el canto breve y sincopado. Pero sigue siendo Navidad.